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lunes, 16 de enero de 2017

Prescindible

Miró por la ventanilla del taxi, la poca gente que quedaba por la calle a esas horas volvía con prisas a su casa para cenar con la familia, y se preguntó qué narices había hecho en su vida para resultar tan triste y prescindible. Sí, prescindible era la palabra.

Había leído varios libros de autoayuda, uno de ellos hablaba no sobre cómo ser imprescindible sino como ser indispensable, esencial, necesario. Este tipo de libros siempre le dejaban confundido, comenzaba muy ilusionado, con la esperanza de encontrar la varita que resolviera con unos sencillos pasos el rompecabezas de su vida, pero acababa más bien derrotado ante la evidencia de que todo aquello parecía no tener que ver con él.

Una vez intentó aplicar unas teorías sobre autoconfianza con una chica de su instituto. Las personas carismáticas eran seguidas como líderes por su seguridad y confianza, nadie quiere subirse a un coche donde el conductor no tiene claro cómo conducir o a dónde ir. Limpio, sencillo, claro.


La llamaban Maggie aunque se llamaba Margarita. La eligió porque no era la más popular ni la más guapa, tampoco la más fea o desagradable. Era un tiro cómodo, uno ganador, pero tampoco para perder mucho si la cosa iba mal. Le estuvo dejando cartas secretas durante un tiempo, pero después de leer aquel libro sobre liderazgo decidió intentar algo más. Sí, tenía novio, pero eso no sería un problema para él, si acaso para el novio. Por supuesto no salió como tenía planeado.

Había detectado que Maggie hablaba con sus amigas sobre las cartas que recibía, no le había dicho nada a su novio y eso era un buen síntoma, eso solo podía ser que para ella esas cartas significaban algo y que no quería que él las viera. En uno de los descansos la siguió hasta cerca de los servicios de chicas y la llamó. Ella no contestó, quizás no le oyó con el jaleo del descanso entre clases, y él se acercó más y la agarró con el brazo para decirle que era él, que le encantaría charlar con ella alguna tarde. Se asustó, pudo ver en sus ojos la sorpresa, e intentó zafarse mientras daba unos pasos hacia atrás con tan mala suerte que tropezó y cayó de espaldas.

Su cabeza rompió una de las ventanas que daban al patio, el estruendo de los cristales paralizó a todo el mundo allá abajo, mirándolo a través del hueco estrellado. El resto de la historia no era más que la continuación de su vida, Maggie dijo que la había acosado cuando iba al servicio, sus padres le reprocharon durante años la vergüenza que les había hecho pasar en el vecindario, y claro, los amigos de su novio no le dejaron en paz durante lo que restó de instituto.

A veces pensaba que aquel incidente y aquellas cartas tuvieron la culpa de que acabara en su trabajo actual. Alguna jodida razón psicológica del subconsciente, o inconsciente, o lo que sea.

El taxi giró bruscamente a la izquierda y su cabeza golpeó la ventanilla. Lo siguiente que recuerda es mirar al taxista enfadado, pero aquel hombre lo único que hizo fue enseñarle sus dientes amarillentos al sonreír por el espejo retrovisor. Cinco minutos después estaba en la puerta de su casa, arrastrando su vieja maleta verde de la universidad.

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