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jueves, 1 de diciembre de 2016

La dulce sorpresa de Candela

No estaba nada orgulloso de su re-encuentro con Candela, todos estamos antes o después en alguna lista, él había estado siempre en la de los raros desde donde su memoria le permitía recordar. Sí, le hubiera gustado cruzar la débil línea que te hace estar en la de los especiales. La gente especial es en un noventa y nueve por ciento gente rara, es de cajón, eres especial porque tienes algo que los demás no tienen, algo “raro”. La diferencia se encuentra en el viento, vamos, en si en ese momento tu rareza es deseada por los demás, esa escasez deliciosa que hace que se mueran por ti.

Ella debió percibir sin duda en él esa sensación de despertar, Pedro lo comparaba con lo que había visto en esos programas de televisión sobre hipnosis, donde un “especialista” en el tema hipnotizaba gente y les pedía hacer cosas absurdas. Las víctimas siempre volvían de su paréntesis como perdidos, buscando referencias a su alrededor para entender, para encontrarse de nuevo.

Durante la noche le atacaron los remordimientos. La frustración por haber sido rechazado de nuevo en otro trabajo competía con la sensación de ridículo de su absurda salida de la tarde con Candela en la playa. Tantos años dando tumbos y una de las pocas veces que la vida intenta sorprender para bien, va y la caga. Empezó a pensar en lo maleducado que había sido, ella tan sólo quería ser agradable después de tanto tiempo.

Sin duda sería abogada, mucha de la gente de su edad terminaba siendo abogado o trabajando en un banco. Aunque no tenía por qué dar explicaciones ¿no?, tenía que irse y punto. Sí, eso es, tenía alguna buena razón para dejar el lugar rápidamente, algo urgente, no había nada que reprocharle. Quizás alguna frase más cercana hubiera sido más adecuada. ¿Qué le dije? ¿Le comenté algo? No lo creo, sólo recuerdo querer salir de allí.

Llamó al contestador y puso el manos libres. Su jefe comenzó en un tono amable preguntando por él, al segundo mensaje levantó la voz y al tercero no había nada inteligible salvo las estridentes notas altas de los gritos abroncándolo por dejarlo tirado. Lo dejó con la cantinela de siempre mensaje tras mensaje en el contestador mientras subía la escaleras hacia su habitación con un zumo en una mano y los zapatos en la otra.

La encontró sentada en una terraza con algunos conocidos. Hizo lo que solía hacer de pequeño, se quedó parado, a unos metros, mirando como hablaban de sus cosas, respetando una línea imaginaria que le era imposible cruzar. Al cabo de unos pocos minutos uno de ellos reparó en lo extraño del tema y fue cuando Candela se volvió y se fijó en él. Afortunadamente ella sonrió y se acercó.

- Hola, qué sorpresa, pensé que finalmente no querías volver a hablar conmigo.
Dudó un segundo, pero ya no había marcha atrás - Lo siento, no quise ser maleducado -.
- Últimamente no tengo muy buen humor - mintió lo mejor que pudo.
- Lo entiendo, a mí también me pasa - sonrió. - Si ya te sientes mejor quizás encuentres algún momento para tomar un café juntos.
- Pues… quizás, sí. Claro.
- Mañana a las cinco te espero en la playa - sonrió de nuevo y se volvió a la mesa sin dejarle asimilarlo (¿mañana?).

De vuelta a casa intentó buscar alguna buena excusa para no ir. Y aún se debatía en estas a las cinco menos diez, sentado en la playa, cuando Candela le sorprendió de nuevo.

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