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viernes, 4 de noviembre de 2016

Los viajes desconcertantes (Parte 1)

Llevaba años viviendo en la frustración, pero el último viaje terminó por reventarle en la cara.

Empezó como cualquier otro de aquellos malditos viajes de trabajo. Los vuelos a primera o última hora tenían el espectáculo añadido del sol sobre el horizonte, esa luz anaranjada sobre todo al atardecer que ilumina el interior del avión como un árbol de navidad. En general era algo agradable, solía ver salir el sol cuando empezaba una jornada en el aire animando a empezar positivo, y al volver, el atardecer iba cerrando su mente hasta aterrizar y desconectar de camino a casa.

Sin embargo estaban los que llamaba viajes desconcertantes, aquellos en los que tenía que salir por la tarde hacia el Oeste, ganando unas horas y luego volvía hacia el Este de noche perdiendo de nuevo esas horas. Aquel fue uno de esos viajes.

Manu arrancó de nuevo la hoja del cuaderno de notas e hizo una bola de malas maneras. La señora del asiento de ventanilla lo volvió a mirar con indiferencia, y el desánimo le pudo. Faltaban 20 minutos para el aterrizaje, notó cómo el avión reducía su velocidad y decidió levantarse al baño por última vez. El niño de la tercera fila seguía corriendo por el pasillo a sus anchas, intentó esquivarlo pero tan solo pudo evitar tirarlo al suelo, su pie pisó la pequeña zapatilla Nike. Se ganó su burla y las miradas de desagrado de algunos pasajeros.

Entró y cerró el pestillo, aquello tenía que acabar, no podía soportar más aquellas miradas condescendientes, de pena y de reproche a partes iguales, a nadie le importaban las horas que pasaba escribiendo aquellas cartas, ni siquiera disimulaban alguna vez. - Pues si les parece fácil... que elijan a otro - farfulló. Se sacó varias bolas de papel del bolsillo y las tiró a la taza. Mientras meaba encima no pudo sentirse un poco transgresor al ver la pegatina en el reverso de la tapa de la taza, prohibido arrojar desperdicios. Sonrió con tristeza, según se liberaba físicamente, también se liberaba un poco mentalmente, sí, lo dejaría aquí y no volvería a pensar en escribir jamás aquellas jodidas cartas.

Apretó el pulsador de descarga. Sacó algo de jabón del bote encastrado en la pequeña encimera de metal y se lavó la cara. Sí, había dejado atrás una carga pesada y sería un nuevo Manu, aquel simpático vecino y amigo de sus amigos, sin cabreos, sin soledad, sin rencores. Su cara no tenía buena pinta, siempre pasaba lo mismo en los viajes desconcertantes, la negatividad que acumulaba durante días o semanas le hurgaba en el alma. Eso era lo que su madre solía decir hace años, cuando aún vivían todos juntos en la casa de la playa.

Cuando él era aún un crío su madre le hablaba con calma cuando él perdía los nervios y se frustraba si las cosas no salían bien, ella siempre decía que había que vivir sin cargas, que todo aquel odio que solemos acumular a lo largo de los días acaba hurgando en el alma y convirtiéndote en un ser amargado y despreciado por todos.

Algo extraño se movió, pegajoso o resbaloso o ambos. - Pero qué…- sus zapatillas pisaban un líquido rosa - ¡Dios mío! - pensó-. De la taza brotaba aquel líquido jabonoso sin parar. - Joder, los papeles. Empezó a sacar toallitas como un poseso y a tirarlas en el suelo. TINNN. La señal de cinturones abrochados.

- Señor, necesito que salga y se siente, vamos a comenzar el aterrizaje - le apremió la azafata tras golpear ligeramente la puerta del aseo.
- Sí, sí, claro, un segundo - el líquido paró de brotar pero había salido tanto que empezaba a salir por debajo de la puerta.
- Señor, ¿está bien? ¿Pero qué…? Señor, ¿qué está pasando?
- Ya acabo, sí, estoy terminando. Sólo ha sido un accidente, ya acabo, de verdad, un segundo.

Se arrodilló desesperado y siguió recogiendo líquido con las toallitas. Todo estaba empapado, pero por lo menos ya no corría de un lado a otro como un río, las apretó en la papelera lo máximo que pudo, y las que no entraron las dejó sobre la pila para lavarse las manos.

La azafata golpeó la puerta - Si no sale tendré que avisar al comandante y a las autoridades en tierra - le avisó.
Clak- descorrió el pestillo y abrió la puerta. Estaba sudando por todos lados, se pasó la mano por la frente intentando mejorar, pero lo único que hacía era embarrar más el problema. La cara de la azafata era todo un cuadro, había pasado en poco más de un segundo del enfado y el miedo mientras ejecutaba de manera sistemática el protocolo para estos casos al terror cómico al ver cómo había quedado el baño.

Manu estiró su camiseta un poco y salió como pudo hacia su sitio, la mirada de la azafata, estupefacta, lo seguía. La sobrecargo y otro azafato miraban desde atrás, con un par de sándwiches que habían sobrado en la mano, sin palabras.

- ¡Lleva rodilleras! - gritó el niño desde su sitio. Dos manchas rosáceas adornaban sus vaqueros ahora. Se sentó, se abrochó el cinturón y cerró los ojos.

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