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miércoles, 5 de octubre de 2016

Mira quién ha venido a verte

Se lavó la cara con agua tibia, y aguantó un poco con los dedos sobre los ojos, aliviando la presión todo lo que pudo. Se secó con las últimas toallitas de papel que quedaban en el dispensador y se quedó mirando al espejo los efectos de las últimas horas.

La frente marcaba exageradamente las arrugas de siempre, los ojos caídos y las bolsas oscuras gritaban por un minuto de descanso mientras los labios agrietados y secos se conformaban con unas gotas de agua. Cogió entre las manos un poco de agua varias veces seguidas y bebió hasta que sintió el alivio en su garganta.


Comprobó de nuevo que el cerrojo del baño estaba echado y se sentó sobre la taza. Intentó estirar la espalda y el cuello, el dolor parecía comunicarse desde la cadera hasta la cabeza, como descargas eléctricas entre las vértebras, como chispazos de un chisme medio roto tratando de probar que aún podía realizar su función. Amelia sabía mucho de eso.

Es fácil oír a la gente hablar sobre sueños, pero eso no importa ya. Cuando uno se hace mayor y pasan los años se da cuenta de que los sueños no son más que delirios de una mente juvenil y falta de experiencias que la alimentan con litros y litros de realidad, inundando cada rincón disponible hasta que no puede más y se da por vencida. Entonces es cuando comienza a rezumar cinismo y pragmatismo, tanto que el amor que se da es casi lo mismo que el dolor que se aprieta y se empuja hacia adentro.

Abrió el cerrojo del baño y salió con la espalda curvada, con paso taimado. Aquello la estaba matando de dolor, una hora más así no y podría volver a ponerse recta en la vida. Giró en la recepción, la planta de cuidados intensivos estaba atestada siempre de gente, pacientes y familiares, preguntando constantemente.

Las 3 horas esperando a que la dejaran pasar habían sido casi tan dolorosas físicamente como mentalmente, en varias ocasiones habría estallado de buena gana y le habría dado un par de buenas hostias a una pareja que no dejaba de gritarse y culparse mutuamente del accidente con el coche. Lo raro es que nadie les hubiera dicho nada aún, incluso ellos mismos podrían haberlo hecho ya.

Por fin la dejaban pasar, todo terminaría pronto, haría lo que había venido hacer y se largaría, corriendo esta vez. Sonrió de placer al verse corriendo por la salida de emergencia lateral, y chocó con una mujer pelirroja que buscaba nerviosa algo en el bolso en la cola de la recepción. ¡Joder!, tengo que estar más atenta - pensó Amelia mientras ambas se disculpaban.

Entró en el box y por fin se relajó. Para eso había venido.

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