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lunes, 25 de enero de 2016

Los recuerdos de Javier

Sara sintió la luz sobre sus párpados cuando despertó, se estiró todo lo que pudo y echó un vistazo a Javier. Estaba tumbado de lado, de cara al armario, y respiraba profundamente. Salió en silencio y dejó la puerta casi cerrada, para que los sonidos de la casa no lo despertaran aún. Su hijo mayor había llegado tarde, muy tarde, pensó exactamente. Su puerta estaba cerrada. Javi sin embargo estaba viendo la tele abajo en la sala. Bajó a la cocina, encendió el tostador y puso la cafetera.

Al rato escuchó aquellos pasos inconfundibles bajando la escalera, como si su cuerpo se despeñara en cada escalón golpeando la madera. Javier miró a ambos lados al llegar abajo, la sala o la cocina, y volvió a mirar la sala. Se decidió a entrar en la cocina.


  • Señorita, ¿ha salido mi mujer? - preguntó.
  • Javier, soy yo, Sara. Estoy preparando el desayuno. ¿Quieres mermelada de melocotón? Compré ayer la que te gusta.
  • Señorita, yo nunca he desayunado tostadas ¡y mucho menos con mermelada! - gritó enfadado.



Sara suspiró, bajó la mirada y echó un poco de café en una taza, rellenándola con leche hasta el borde. Le colocó la taza delante junto con un par de tostadas con mermelada. Javier dio un mordisco a una de las tostadas mirando por la ventana, tomándose su tiempo para masticarlas.


  • Señorita, digo yo, ¿el chico de la sala no será amigo de uno de mis hijos? Es pronto para que esté aquí ¿no?
  • Es Javi, ya ha desayunado, está viendo la tele un rato antes de ponerse a estudiar. Voy a recoger la casa, ¿te apetece ayudarme? 
  • Lo siento Señorita, pero mi mujer siempre me dice que para algo pagamos una empleada, me quedaré aquí esperando a mi hijo.


Sara apuró el café y dejó la taza en la encimera con las dos manos para evitar que Javier se diera cuenta de cómo le temblaban. Respiraba profundamente y contaba sin cesar en su cabeza, pero casi nunca le funcionaba. Hacer tareas en casa sí la relajaba, se centraba en hacer bien los dobleces, en estirar, en limpiar, en ordenar.

Empezó por su habitación, estiró bien la bajera y colocó por encima el edredón. Guardó la ropa limpia en el armario y dejó en la puerta la sucia junto a la muda usada. Colocó los anillos y los pendientes en su sitio. Había una carta junto al joyero, no valía la pena preguntarle a Javier de qué era, o por qué la había dejado allí. Era un sobre blanco, de los que compraron en Navidad para las felicitaciones. Contenía un folio sencillo doblado en cuatro.

Querida Sara,

Te escribo esta carta mientras duermes. He despertado de madrugada y he recordado que mi memoria se desmorona cada segundo que pasa. Sé que últimamente no tengo muchos momentos lúcidos, cada vez menos según parece ya que no sé casi nada de lo que he hecho estos días. Así que, como te comentaba, he decidido dejarte escritas unas palabras, quizás ya lo he hecho antes, no lo sé, solo puedo prometerte que intentaré hacerlo de nuevo, para que cuando no pueda decírtelo de viva voz, al menos lo puedas leer y leer, y perdonarme. Perdonarme por no acordarme de tí, por no querer tus labios, por no valorar tus caricias ni tus cuidados. Perdóname por no decirte que te quiero.

Cuando empezamos a salir y cada uno llevaba su vida de una manera independiente, recuerdo pasar los veranos con mi familia en el campo, lejos de ti. Una noche nos juntamos unos cuantos a la salida del pueblo, ya sabes, a charlar sin que nadie nos viera, y coincidió una de esas noches de estrellas fugaces de Agosto. Nunca te lo confesé, por miedo a que no se cumpliera, pero aquel día desee pasar el resto de mi vida contigo. Y quién iba a pensar que un deseo así pedido, en silencio, sin compartir, mirando estrellas, se cumpliría. 

Esta noche al despertar, me he acordado, y he vuelto a sentir dolor. Es un dolor que me quema por dentro, porque soy capaz de entender que será efímero, que no podré conservarlo mucho tiempo, una horas quizás, pero no retenerlo. Lo he intentado, pero no es posible, ya no. Dile a los chicos que los llevo dentro, que no cambiaría ni un minuto del tiempo que hemos pasado todos juntos por conservar la memoria.

Me vuelvo a la cama, me siento cansado, voy a abrazarte despacio, para no molestarte. Cuando estemos juntos regáñame si no me comporto bien, o si contesto mal, pídeme que os tenga respeto, sé que me vendrá bien. Un día de estos, estoy seguro, despertaré junto a tí, y seremos afortunados, recordaré quién soy, justo cuando me mires, y te diré que te sigo queriendo.

Javier

Sara lloró sin molestarse en parar. Cuando se desahogó, se limpió la cara con la manga de la bata. Guardó la carta en el cajón de su ropa interior, y bajó de nuevo. Javier y Javi estaban en el sofá, mirando la tele, callados. Se colocó a su lado y le miró fijamente con los ojos vidriosos aún. Le puso la mano abierta sobre el muslo, él la miró y se la tomó, la sonrió y siguieron viendo la tele durante un buen rato.

2 comentarios:

  1. No se si es un final feliz o triste...pero me gusta

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  2. Yo lo entiendo como un final feliz, al menos a mi me deja una sensación positiva y de tranquilidad. La idea que quería mostrar era la de que las personas a las que queremos siempre las llevamos y nos llevan dentro, por muy dificil que nos lo ponga la vida.

    Me alegro de que te haya gustado!

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