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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Abril

La llamaron Abril simplemente porque nació en el cuarto mes del año. Cuando sus ojos se abrieron por primera vez pudieron ver un día precioso, la mañana había amanecido algo fresca y el sol se erguía orgulloso templando los ánimos cansados por la larga noche. Abril cree recordar a su madre como en una especie de cuadro luminoso y colorido en el que la acurrucaba bajo su cuerpo para darle calor a la vez que le ofrece su pecho para poder mamar cuando esté hambrienta.

Su infancia fue una mezcla de olores a cebada, girasoles y tierra mojada por los aspersores. La humedad de las bodegas donde descansaba el vino, a resguardo de los cambios de la vida, se agarraba a la ropa, y te hacía echar de menos la temperatura estable de allí abajo al salir. El sabor del polvo en el paladar era intenso en verano, cuando iba a llevar el almuerzo a las eras, y en invierno, los dientes masticaban el regusto metálico que provocaba el helor de la madrugada. Aunque solía llevar unos guantes de lana que su madre cosía con restos de ovillos, la punta de los dedos le recordaban la hora del día con punzadas al llegar a su destino.


Nunca fue corriendo a ningún lugar, llegaba siempre a la hora que debía llegar, en el momento en el que se la esperaba, y entonces regalaba su sonrisa y era como si todo se completara. A los dieciséis se mudó a mi ciudad, y comenzó a trabajar en una panadería que también era pastelería, sirviendo pan y dulces preparados durante la madrugada.

Yo la conocí un jueves. Sara y Mario me habían dejado colgado, algo extraño porque solía ser yo el que a última hora cancelaba nuestras quedadas entre semana. El plan era meterme en casa y ponerme alguna película de las de guardar, o maratón de friends, friends nunca defrauda. Pasé primero por la tienda de té, y ya de camino a casa no pude por menos de pararme en el escaparate de aquel pequeño horno de pan en la calle Arilo.

No sé que compré aquella tarde, aunque sí recuerdo que cuando llegué a casa no ví la tele. Me senté en la cocina con mi té caliente y pensé durante el resto de la tarde cómo sería vivir con ella, cómo darle la mano, agarrar su cintura, que me mirara con cariño cuando estuviera enfadado, qué sentiría al despertar a su lado.

A mi me gusta recorrer su espalda con la mano, apartar su pelo con cuidado y acariciarle el cuello, se gira perezosa y pega sus labios a los míos. No quiero que pare, lo alargo con cariño, y cuando soñolienta decide separarse me intento acercar un poco más, para no perder su contacto. Entonces ella me sonríe, y me siento completo de nuevo.

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