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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Abril

La llamaron Abril simplemente porque nació en el cuarto mes del año. Cuando sus ojos se abrieron por primera vez pudieron ver un día precioso, la mañana había amanecido algo fresca y el sol se erguía orgulloso templando los ánimos cansados por la larga noche. Abril cree recordar a su madre como en una especie de cuadro luminoso y colorido en el que la acurrucaba bajo su cuerpo para darle calor a la vez que le ofrece su pecho para poder mamar cuando esté hambrienta.

Su infancia fue una mezcla de olores a cebada, girasoles y tierra mojada por los aspersores. La humedad de las bodegas donde descansaba el vino, a resguardo de los cambios de la vida, se agarraba a la ropa, y te hacía echar de menos la temperatura estable de allí abajo al salir. El sabor del polvo en el paladar era intenso en verano, cuando iba a llevar el almuerzo a las eras, y en invierno, los dientes masticaban el regusto metálico que provocaba el helor de la madrugada. Aunque solía llevar unos guantes de lana que su madre cosía con restos de ovillos, la punta de los dedos le recordaban la hora del día con punzadas al llegar a su destino.

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