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viernes, 13 de noviembre de 2015

El pequeño Saúl

Su piel era rugosa y azucarada, pero no azucarada como todos nos imaginamos, no suavemente dulce y amable sino como almidonada, como aquellos manteles de los abuelos, mezcla dulzona del polvo y los años. Había flores en un par de jarrones, debían de tener una semana de diferencia. Los tulipanes eran siempre una buena opción porque aguantan muchos días casi imperturbables, viendo pasar las visitas días tras día, diez días o más. Le tomé la mano y comencé a dar gracias por la vida que había llevado el pequeño Saúl, así es como le gustaba que le llamaran a sus setenta años, como le habían llamado siempre.

Le dí gracias al mundo por haberle dejado vivir tantos años, por haber tenido hijos y por mantener la cabeza alta en estos últimos en los que su viejo cuerpo no le dejaba más que un leve resquicio para seguir. Al principio solía rezar, pero ahora ya no, doy gracias a la vida y a la naturaleza, algo así como darle gracias a la madre que te vió nacer y te dió todo, que al final es algo parecido a rezar pero a un Dios distinto.


El camino se acaba Saúl, no sé si cuando cierres los ojos aquí se habrá terminado todo o si realmente los abrirás en otro lugar. Muchas veces pienso que será como cuando te despiertas de un sueño durante la noche y recuerdas lo que estabas soñando por unos minutos ¿Será así? ¿Despertarás y recordarás por unos minutos, segundos, mi cara, mis manos cuidándote, mi voz calmándote? No sé, tal vez sea verdad que no hay nada más, que nos desconectamos y punto ¿y qué será entonces de todo lo que hemos vivido, de todo lo que guardamos en nuestro interior? ¿Germinará en el mundo, en los demás de alguna manera, cada idea, cada beso, cada abrazo que dimos? Me resisto a pensar que todo se pierde con nosotros.

Estiré la sábana y suavicé los dobleces, le coloqué los brazos para que pudiera respirar más cómodamente. Recogí el vaso de la mesilla y le dejé uno limpio, con agua fresca. Cambié la bolsa del gotero y dejé que cayera un gota cada vez, despacio, como la esencia de Saúl.

Esther, su hija, entró hablando por el móvil. Dejó el bolso sobre la silla de cuero azul y fue directa a la ventana. Continuó hablando mientras retiraba la cortina con la otra mano echando miradas a un lado y a otro sin prestar atención. El gotero se paró. Fui a echarle un vistazo antes de salir, Saúl me miró y me recordó por unos segundos a su lado, cogiéndole la mano de nuevo.

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