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viernes, 13 de noviembre de 2015

El pequeño Saúl

Su piel era rugosa y azucarada, pero no azucarada como todos nos imaginamos, no suavemente dulce y amable sino como almidonada, como aquellos manteles de los abuelos, mezcla dulzona del polvo y los años. Había flores en un par de jarrones, debían de tener una semana de diferencia. Los tulipanes eran siempre una buena opción porque aguantan muchos días casi imperturbables, viendo pasar las visitas días tras día, diez días o más. Le tomé la mano y comencé a dar gracias por la vida que había llevado el pequeño Saúl, así es como le gustaba que le llamaran a sus setenta años, como le habían llamado siempre.

Le dí gracias al mundo por haberle dejado vivir tantos años, por haber tenido hijos y por mantener la cabeza alta en estos últimos en los que su viejo cuerpo no le dejaba más que un leve resquicio para seguir. Al principio solía rezar, pero ahora ya no, doy gracias a la vida y a la naturaleza, algo así como darle gracias a la madre que te vió nacer y te dió todo, que al final es algo parecido a rezar pero a un Dios distinto.

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