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jueves, 28 de agosto de 2014

Hambre

El camino de huida siempre es sombrío. El húmedo otoño pintaba el paisaje de marrones oscuros y rojos decadentes. Los árboles parecían gotear de contínuo desde hacía semanas aún cuando no llovía, salpicando el camino con hojas caídas y ramas derribadas por las tormentas. El viento formaba montones aquí y allá, borbotones de desperdicios que los hayedos derramaban, escupían, sin pudor, como si estuvieran enfermos de necesidad. Presioné al conductor del carruaje para que evitara los pueblos, la gente. Son peores que el bosque, son desechos orgánicos, cáscaras en vida, los restos de comida, orines y suciedad se agolpan en las calles, saturando el olfato del más inepto, pero a ellos no les parece afectar.

Dejé con esfuerzo de mirar por la ventanilla, y volví a mis notas para encontrar consuelo que no redención. No hay perdón posible para alguien como yo, ni podrá haberlo, esa es mi penitencia. Las noches en vela me aturden, pero aguanto con orgullo el castigo por tan despreciable acto. Los caballos se detuvieron entonces, sacándome de mis pensamientos.

Delante dos puertas de forja impedían seguir. Habíamos dejado el camino principal para entrar en las tierras que dos semanas atrás había comprado en mi desesperado intento por escapar. Abrí la portezuela, agarrándome en el marcó hice crujir los pasos de la escalerilla al bajar y al levantar la cabeza me encontré de frente con un espantapájaros que colgaba de un poste cerca de la entrada, aunque más que colgar parecía empalar al pobre muñeco de trapo. Quizás no estaba allí para asustar pájaros. El terreno que rodeaba la casa estaba totalmente perdido, sin cuidado desde hace años, los restos de naturaleza se descomponían en el suelo bajo la oscuridad de los árboles y el cielo siempre nublado, y yo pensé que en aquel lugar todo parecía realmente muerto, incluso los árboles que se erigían abarrotando el espacio caóticamente. El camino que atravesaba serpenteando hasta la entrada del viejo casón lucía encharcado y lleno de barro, pasé lo más rápido que puede mientras el cochero descargaba el equipaje, pero aun así pude reconocer algún animal destrozado por algún carroñero a simple vista entre las sombras.

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