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jueves, 6 de marzo de 2014

Cuando te escribo

He de reconocer que siempre había pensado en los días nublados y lluviosos como algo emotivo, pero estos días apartado de todo han cambiado mis convicciones. Por las mañanas las contraventanas de madera dejan pasar una poca luz mortecina, siento reconocer que no me motiva empezar el día, siento que no queda nada de lo que un día fuimos, ni besos de buenos días, ni desayunos, ni un abrazo al despedirse antes de ir a trabajar.

Me siento en el extremo del sofá, con las piernas en alto sobre la mesita, recogiendo el calor del radiador debajo de la ventana. Pienso que leer me ayuda a inventar más recuerdos que más que llenar lo que sería el vacío que dejaste, lo recubren todo de fantasías, y dejo que la lectura sea verdad durante unos minutos.


La lluvia no ha cesado desde hace dos días. El viernes atacaba a rachas, golpes de viento y agua que hacían pensar que quizás los estados de ánimo son más que algo personal y el mundo se aliaba conmigo, como ese mejor amigo que no quise tener, porque siempre te tuve a ti. Ayer fue lluvia fina desde la madrugada. Terminó de aullar sobre las cuatro, no recuerdo más que soñar desvalido. Al preparar el almuerzo me quemé cocinando y mis nudillos salieron mal parados. ¿Recuerdas el día que tuvimos que ir corriendo a urgencias porque me corté ayudándote con el queso?. La tarde la pasé navegando entre canales de televisión, me cuesta concentrarme más de lo normal, intento fijar en mi cabeza lo que me dicen, y relajarme, pero no creo que pueda más que estar solo.

Hoy ya no encuentro nada especial en los días de lluvia. Lo que quiero decirte es que te echo de menos, que no soporto la idea de no poder tocarte más, que hablo contigo dormido porque me reconforta, sé que solo son sueños pero aún estás ahí, conmigo, en casa. Limpio las lágrimas de tus ojos, y te digo que no, que no tienes por qué irte, que los médicos se equivocan muchas veces, que yo te cuidaré siempre, que te quiero tanto.

El ruido de la ciudad distorsionaba todo, aquí puedo sentirte, como cuando veníamos los fines de semana a descansar. Echo un par de troncos en la chimenea y te imagino sentada sobre la manta en el suelo, mirando como leo, frotándote las manos y adorando las llamas como si fueran un pequeño altar familiar. Luego vienes a mi lado, las metes debajo de mi camiseta, ardiendo, y pones esa sonrisa tuya, la de niña inocente tramando alguna trastada.

Tengo muchas cosas que decirte aún, muchas conversaciones sin terminar, quiero seguir hablándote aún, ya habrá tiempo para los silencios. Esta noche te esperaré en la cama, dormido, espero que te haya dado tiempo a leer estas líneas, tengo mucho que contarte.

Te quiero.

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