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miércoles, 15 de enero de 2014

La desconexión

Las tardes de invierno eran aún más oscuras en el piso de Fran. Tenía orientación Norte, y a unos cincuenta metros una torre de doce pisos velaba porque sus escasas ventanas no lograran dejar pasar mucha luz. El barrio fue periférico hace años, cuando sus padres emigraron desde la Castilla rural hasta la ciudad, ahora formaba parte del núcleo central de la ciudad, donde se pagaba por aparcar.

Ayer fue un día desagradable por los continuos chaparrones, el que nos ocupa en este caso fue el que descargó con ganas sobre las cinco y cuarto de la tarde. Fran había salido del trabajo hacía unos minutos y de camino a casa tuvo que parar para resguardarse de la lluvia. Los soportales de los juzgados se convirtieron en un pequeño refugio durante un rato. Las tiendas aún estaban por llenarse, esperando devorar viandantes a la salida de las oficinas. Se paró delante de una de telefonía, colores llamativos y pantallas de plasma con spots en alta definición llamaban la atención de los incautos.

Él siempre había defendido su intimidad, su independencia de las redes, su precioso tesoro de la desconexión. Pero esa tarde, ayer mismo, se quedó un buen rato absorto en aquel escaparate. Al cabo de veinte minutos el aguacero cesó, y Fran tenía en sus manos una caja roja con un teléfono de última generación y tarifa plana de datos. “Genial”, pensó frustrado. Escondió la caja dentro del abrigo a modo de protección para la lluvia y decidió volver llevando la la mirada esquiva o directamente contando baldosas.

Al día siguiente se había planteado un cielo empedrado, y por tanto no cayó ni una gota. La caja roja seguía encima de la mesa del comedor, viendo la tele diría su sobrina. Tomó la caja y se puso a desembalar, cables, papeles, más papeles, batería, terminal, sim, …

Paseaba de camino a casa de su hermana, cavilando cómo había sido capaz de hacerlo funcionar, qué más da, ya estaba hecho, ahí dormía, en su bolsillo. Adiós intimidad.

Al llegar, sus sobrinas se le echaron encima y jugaron durante un rato. Cuando lo empezaron a dejar un poco de lado aprovechó para charlar con María. Las cenas, las fiestas, los regalos de Navidad, aquellos días siempre eran movidos en las casas con niños. Un sonido agudo interrumpió la conversación, al mismo tiempo que su bolsillo palpitó. Sacó el móvil con desagrado tras la sorpresa inicial, tanto suya como de su hermana que enmarcaba con sus cejas unos ojos como platos.

“Reunión con Marcos en 15 minutos” - ¡Santo Dios! ¡Pero qué reunión ni qué reunión!. No recordaba para nada haber quedado con Marcos, y mucho menos haber metido en el móvil aquella cita. Se despidió de María con unas cuantas frases que tal vez sonaron algo incoherentes tras los años de rebeldía tecnológica, y besó a las niñas saltando al ascensor con prisa para llegar a tiempo.

No pudo evitar sentir esa desazón que sienten aquellos que tienen problemas de memoria cuando se dan cuenta de que las cosas pasan en su vida pero hay un hueco negro en su cabeza, como ir paseando por la acera y darse cuenta de que hay un socavón en lugar de las baldosas amarillas que esperábamos, qué menos que una tapa de alcantarilla que nos dejara pasar por encima aun sabiendo que algo ahí debajo estaba vacío.

Prendió un cigarrillo mientras echaba un vistazo alrededor, la plaza San Carlos estaba a esas horas del mediodía bullendo de gente intentando acabar sus recados para ir a comer. Dio algunos pasos por la parte exterior buscando a Marcos entre tenderos y compradores. Una idea comenzó a roerle poco a poco, no había querido pensarlo mientras venía, pero aquello no le cuadraba. Cada estaba más convencido de que no aparecería nadie por allí.

Cuando se sentó a tomar café en la mesa del Central Marcos le sonrió. Pidieron dos cortados y charlaron un rato de la gente, de que a veces tenía cosas que decir pero no encontraba el momento. O la persona, quizás. No encontraba algo que estaba buscando, y sin más ni más perdía los días divagando entre papeles en la oficina. No tenía un objetivo claro en la vida y estaba empezando a pensar que aquello le pasaba factura. Pagó los cafés y cuando volvió, Marcos tan solo le había dejado una nota. “Me tengo que ir, pásalo bien”.

El sol de la mañana se intuía en las ventanas de enfrente, descorrió las cortinas mientras se desperezaba y buscó algo en su cabeza para empezar el día. El móvil seguía encendido, - juraría que lo había apagado - fue lo que le llegó, se acabaron los buenos pensamientos. Un vaso de agua templada, café, unas galletas de avena, odiaba la avena. Revisó las fotos que María le había enviado de las niñas, los Reyes se habían portado bien, como siempre. - “¿Vendrás luego?”.

Se encontró caminando hacia el obrador para comprar un roscón. Pisó varias marcas de tiza de la rayuela que usaban por la tardes los críos al salir del colegio, y pensó qué tipo de niño jugaba a la rayuela en estos tiempos, joder, qué cola del diablo, decidió que el roscón de había acabado antes de llegar. Saltó del 2 al 6 sin más, pisó la raya y se acabó.

El vibrador le sorprendió volviendo a casa, “Reunión con Sandra en 15 minutos” - ¿pero qué narices le estaba pasando?. Revisó la cita, plaza San Carlos.

Las sirenas no paraban ni en los días de fiesta, ni en Navidad, diría aún más, que se hacían más notables e insoportables esos días. Varios coches de policía pasaron junto a él, al rato una ambulancia, de las de mentira, de esas que parecen un coche familiar. La plaza estaba casi desierta, los niños estarían aún en casa, comenzando a jugar con sus regalos, y los padres pensando que aquellos momentos eran los que hacían que mereciera la pena, sí, claro. Esperó diez minutos antes de elegir dónde entrar.

“Café, por favor, con leche” - “que sean dos”, pidió Sandra mirando a través de la cristalera. Los servicios de limpieza se afanaban en recoger los restos de la noche y ella tenía un color especial en los ojos. Siempre le había gustado Sandra. Hablaron de cuánto echaba de menos a los amigos del barrio, de que aún sonreía recordando los largos veranos, las salidas en bici, las partidas de cartas en la entresiesta, los besos furtivos. Sandra le sonrió, volvió la cabeza para decirle algo cuando se marchaba pero no llegó a decir nada.

Dejó el móvil sobre una servilleta, en aquella misma mesa. “Arrastra la flecha para olvidar”.

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