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martes, 28 de octubre de 2014

Los ojos de Lucía




Lucía se tapó un ojo con la palma de la mano e intentó enfocar con todas sus fuerzas el cuadro que había en la pared del fondo. Luego se tapó el otro del mismo modo e intentó realizar el mismo ejercicio. No pudo evitar romper a llorar, esta vez se llevó ambas manos al rostro y durante varios minutos lo único que hizo fue desahogarse. Delante del espejo, allí parada, con las lágrimas emborronando su cara no se reconoció. No reconoció a aquella chica valiente que estaba por encima de todo, que brillaba en la universidad y que consiguió su primer trabajo antes de haber acabado las prácticas de fin de carrera. Los ojos hinchados aún le palpitaban, varias venas se le habían reventado y el blanco de los ojos se pintaba de sangre, y las heridas se le iban abriendo por dentro, podía sentirlas como si la hubieran cortado y empezara a filtrarse todo su ser a borbotones.

Decidió no quererse más. Y al día siguiente no pensó en Pedro al despertarse, miró hacia otro lado. No le llamó a media mañana para ver qué tal. Y esa noche no sería una noche más porque no estarían juntos, no, ya no.

El teléfono le vibró dentro del bolsillo delantero de los vaqueros, lo sacó y volvió a colgarle. La sala de espera de oncología no era triste por sí misma, era un intento de ser un sitio cálido y amable, pero sin futuro. Posters de amaneceres, bonitos paisajes verdes y cielos azules colgaban de las paredes de color blanco amarillento, pero cada uno de los que estaban allí era como un sumidero del porvenir y la atmósfera se hundía como en un valle, en una depresión de color que se fundía a negro. Pensó en Pedro de nuevo y le pareció decir quédate, como cantaba Silvio, para poder vivir sin llanto, pero cuando lo habías tenido todo era imposible estar con alguien al perder. Cuando has sido la niña de todos, la más querida, la que lo consiguió todo, el golpe es tan fuerte que ya no hay vuelta atrás. Las páginas pasadas pintadas de color se rasgan y no hay fuerzas para escribir el resto con lápiz.

jueves, 28 de agosto de 2014

Hambre

El camino de huida siempre es sombrío. El húmedo otoño pintaba el paisaje de marrones oscuros y rojos decadentes. Los árboles parecían gotear de contínuo desde hacía semanas aún cuando no llovía, salpicando el camino con hojas caídas y ramas derribadas por las tormentas. El viento formaba montones aquí y allá, borbotones de desperdicios que los hayedos derramaban, escupían, sin pudor, como si estuvieran enfermos de necesidad. Presioné al conductor del carruaje para que evitara los pueblos, la gente. Son peores que el bosque, son desechos orgánicos, cáscaras en vida, los restos de comida, orines y suciedad se agolpan en las calles, saturando el olfato del más inepto, pero a ellos no les parece afectar.

Dejé con esfuerzo de mirar por la ventanilla, y volví a mis notas para encontrar consuelo que no redención. No hay perdón posible para alguien como yo, ni podrá haberlo, esa es mi penitencia. Las noches en vela me aturden, pero aguanto con orgullo el castigo por tan despreciable acto. Los caballos se detuvieron entonces, sacándome de mis pensamientos.

Delante dos puertas de forja impedían seguir. Habíamos dejado el camino principal para entrar en las tierras que dos semanas atrás había comprado en mi desesperado intento por escapar. Abrí la portezuela, agarrándome en el marcó hice crujir los pasos de la escalerilla al bajar y al levantar la cabeza me encontré de frente con un espantapájaros que colgaba de un poste cerca de la entrada, aunque más que colgar parecía empalar al pobre muñeco de trapo. Quizás no estaba allí para asustar pájaros. El terreno que rodeaba la casa estaba totalmente perdido, sin cuidado desde hace años, los restos de naturaleza se descomponían en el suelo bajo la oscuridad de los árboles y el cielo siempre nublado, y yo pensé que en aquel lugar todo parecía realmente muerto, incluso los árboles que se erigían abarrotando el espacio caóticamente. El camino que atravesaba serpenteando hasta la entrada del viejo casón lucía encharcado y lleno de barro, pasé lo más rápido que puede mientras el cochero descargaba el equipaje, pero aun así pude reconocer algún animal destrozado por algún carroñero a simple vista entre las sombras.

martes, 8 de julio de 2014

Publicación libro Finales Imaginados



## Comentario

Desde hace unos días está disponible un libro recopilatorio con trece relatos cortos, originalmente publicados en este blog de relatos cortos, cuya temática está relacionada con la soledad, la angustia o la locura, y en los que los problemas y conflictos del día a día chocan de frente con la distorsión que cada persona crea de sus experiencias y del mundo que le rodea.




Aquí os dejo en enlace, se ha publicado en descarga electrónica gratuita y en papel solo costes de impresión. Espero que os guste.

http://www.bubok.es/libros/234385/Finales_Imaginados




## Fin comentario

miércoles, 11 de junio de 2014

La madre

Se mojó las manos ásperas debajo del grifo del corral, y peinándose el pelo hacia atrás se cogió una trenza dejando al descubierto el cuello. El sudor le corría entre el pelo, y le humedecía la nuca y la frente. Su rostro dejaba ver la terquedad que solo una madre tiene. Yo la miraba ya así cuando era pequeño, admirando su determinación, aunque claro, en aquellos años era más una mezcla de respeto e ignorancia. Se volvió a poner el sombrero de paja, me sonrió y siguió con la tarea.

jueves, 29 de mayo de 2014

La deuda

Hoy sería un día interesante en su vida, aunque no lo parezca él sabía que sería su último día. Había vuelto al pueblo después de más de diez años de ausencia, y hay cosas que nunca se olvidan. Había vuelto para saldar sus deudas, y para que otros pasasen página, para darse la oportunidad de cambiar sus vidas. Solía pensar que tenía más cicatrices por lo que no había podido hacer que por aquello que hizo. Hoy el dolor de la humillación supera al de enfrentar la responsabilidad.

Recordó las múltiples advertencias que su familia le abía hecho como algo que le hubiera pasado a otra persona, los pelos se le erizaron en la nuca y notó el sudor empezando a correr por sus sienes. Exhaló ruidosamente y apretó el gatillo de la escopeta. Sí, hoy se solucionaría todo. No quedó ni un solo animal vivo en la nave: seis vacas, dos terneros, un potro, una yegüa y una docena de gallinas con su gallo.

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuando te escribo

He de reconocer que siempre había pensado en los días nublados y lluviosos como algo emotivo, pero estos días apartado de todo han cambiado mis convicciones. Por las mañanas las contraventanas de madera dejan pasar una poca luz mortecina, siento reconocer que no me motiva empezar el día, siento que no queda nada de lo que un día fuimos, ni besos de buenos días, ni desayunos, ni un abrazo al despedirse antes de ir a trabajar.

Me siento en el extremo del sofá, con las piernas en alto sobre la mesita, recogiendo el calor del radiador debajo de la ventana. Pienso que leer me ayuda a inventar más recuerdos que más que llenar lo que sería el vacío que dejaste, lo recubren todo de fantasías, y dejo que la lectura sea verdad durante unos minutos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Cambio de canal

- ¿Recogiste mis libros? - preguntó ella mientras se quitaba el abrigo y dejaba el bolso sobre la mesilla del dormitorio.
- No - respondió él desde el salón.
Vanesa torció el gesto - ¿No has ido a por los libros? - preguntó irritada.
- No, ya te lo he dicho, vete tú cuando puedas -.
- Te dije que era importante, no puedo ir hoy, tengo que ir con mi madre al médico, te lo dije -.
- Pues no serán tan importantes, además son tus libros, siempre estás con los temas de esos críos, es cosa tuya - cambio de canal, partido de fútbol.
- ¡Claro que son mis libros! y también este apartamento es mio, y esa tele y ahí estás tirado viéndola. - Vanesa se quedo parada en la entrada del comedor, no podía estar más perpleja.
- Esos jodidos crios te llevan todo el tiempo, si no estuvieras con ellos tanto quizás tendrías más tiempo para hacer tus cosas - cambio de canal de nuevo, ¿música africana?.
- Esos jodidos crios me necesitan más que tú, y son más agradecidos. Entérate ya, no eres el ombligo del mundo, ni siquiera del mío - Vanesa se fue al baño airada, no cerró la puerta del todo mientras se sentaba. - Aún tienes tiempo hasta las ocho - levantó la voz.
- No te oigo -.
Se subió los pantalones y salió de nuevo - Tienes hasta la ocho, no cierran pronto -
- No puedo ir, ya he quedado - cambio de canal, tertulia de política.
Vanesa sintió romperse algo en su interior, no como si algo físico se hubiera dañado, no esa clase, fue más bien un “click”. Sí, fue más bien un cambio, algo que se apagó, como cuando das la luz del pasillo y la bombilla hace el intento de lucir pero rompe y se oscurece. Le das al interruptor varias veces, como un niño educado a abrir siempre la misma puerta pero que hoy está cerrada. Aquello no va, y no te sorprende.
- Ya iré yo - contestó más calmada.
- Bien -.
- Hoy puedes dormir en el sofá, mañana quiero que no estés cuando vuelva - terminó susurrando las palabras, como si ella misma se las estuviera diciendo e intentando asimilar. Las voces de los tertualinos se solapaban, echándose en cara desplantes y acusandose de partidistas.
Dejó su mirada colgada en Vanesa - eeehh, no has pensa… - Vanesa se puso el abrigo y salió decidida.
Cambio de canal.

miércoles, 15 de enero de 2014

La desconexión

Las tardes de invierno eran aún más oscuras en el piso de Fran. Tenía orientación Norte, y a unos cincuenta metros una torre de doce pisos velaba porque sus escasas ventanas no lograran dejar pasar mucha luz. El barrio fue periférico hace años, cuando sus padres emigraron desde la Castilla rural hasta la ciudad, ahora formaba parte del núcleo central de la ciudad, donde se pagaba por aparcar.

Ayer fue un día desagradable por los continuos chaparrones, el que nos ocupa en este caso fue el que descargó con ganas sobre las cinco y cuarto de la tarde. Fran había salido del trabajo hacía unos minutos y de camino a casa tuvo que parar para resguardarse de la lluvia. Los soportales de los juzgados se convirtieron en un pequeño refugio durante un rato. Las tiendas aún estaban por llenarse, esperando devorar viandantes a la salida de las oficinas. Se paró delante de una de telefonía, colores llamativos y pantallas de plasma con spots en alta definición llamaban la atención de los incautos.

Él siempre había defendido su intimidad, su independencia de las redes, su precioso tesoro de la desconexión. Pero esa tarde, ayer mismo, se quedó un buen rato absorto en aquel escaparate. Al cabo de veinte minutos el aguacero cesó, y Fran tenía en sus manos una caja roja con un teléfono de última generación y tarifa plana de datos. “Genial”, pensó frustrado. Escondió la caja dentro del abrigo a modo de protección para la lluvia y decidió volver llevando la la mirada esquiva o directamente contando baldosas.

Buscador de finales imaginados

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