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miércoles, 7 de agosto de 2013

Las dos noches sin Laura


La tarde que Laura se fue no estaba cabreado, ni tan siquiera disgustado. Después de discutir las dos últimas semanas me pareció algo natural. Tanto ella como yo no tenemos una forma de ser de las que son fáciles de tratar. Laura tiene muchas cosas que me gustan, que es lo que me hace desear estar con ella. Es muy precavida, nunca tiene una palabra de más, de hecho cuando habla es a veces algo que temer ya que cada palabra tiene una medida intención. Es sigilosa hasta haciendo el amor, lo que al principio me ponía nervioso, no me atrevía casi ni a respirar, pero en contraprestación he de decir que nunca he tenido una pareja que me comprendiera tanto.

Durante nuestra relación siempre he pensado que era como su amigo imaginario. Cuando estábamos juntos no dudaba en confesarme sus pensamientos y secretos, sus dudas y sus miedos. Yo nunca he sido un gran aconsejador, pero me hacía sentir importante en su vida. Sin embargo últimamente me he sentido más como su amigo invisible, en las dos pasadas semanas hemos discutido hasta por los azucarillos del café. Sobre todo delante de sus amigos no me dirigía la palabra, todas las conversaciones y miradas se sucedían como si no estuviera delante. No es que me ignorara, es que no existía.


La tarde la pasé jugando al pádel con amigos, y decidí ir a casa a cenar, con baño relajante antes de nada. Al acostarme me sentía como cuando voy de viaje, incluso suelo dejar su lado de la cama libre. Encendí la tele y pasé por tres realities distintos, cada uno de ellos más triste que el anterior. En el primero el presentador intentaba comerse dos kilos de hamburguesas en media hora mientras un buen grupo de clientes y camareros le jaleaban. En el segundo dos chicos de unos dieciocho años apostaban cuál de ellos se rompería antes la cabeza golpeando un muro (de ladrillo aparentemente). El tercero pasaba por ser una convivencia en un hotel, pero finalmente era un montaje pseudo-erótico-festivo. Me puse un gin mientras me tragaba una reposición de los Simpson (sí, también lo reponen de madrugada).

Mi mañana empezó sobre las doce, lo bueno y curioso de las rupturas “exprés” es que suelen suceder en viernes. A las doce en punto sonó el timbre de la puerta. Una vez. Dos veces. Tres veces. Julia estaba hecha un pincel esperando en el descansillo. Había sido la mejor amiga de Laura al menos los últimos tres años diría yo, antes fue una tal Susana, y antes no lo recuerdo, no al menos a estas horas. Julia me miró con condescendencia, incluso más de la que se tiene de un tipo recién levantado con resaca, hija mía, no me mires así que no solo yo tengo la culpa.

Tardó más o menos 1 hora en recoger el 100% de las cosas de Laura. Era como un misil teledirigido, un “heat seeker”, tenía bien claro qué y dónde buscar. Lo mejor, que no tendré que limpiar el polvo esta semana, los cajones de Laura fueron absorbidos al vacío. - Lo siento - dijo finalmente, no es nada personal. - Sí, claro, seguro.

Me pasé el resto del sábado viendo mis DVDs del padrino, todos, del tirón. Aparte de ser una saga increíble siempre me dan una inyección de mala leche, y era algo que necesitaba como el comer. Pedí una pizza al restaurante de la esquina. No reparten a domicilio, pero la pelirroja de la barra tontea conmigo habitualmente, y aunque nunca hemos llegado a tener nada, he conseguido tener este pequeño privilegio. Debería bajar un rato para charlar con ella en lugar de llamar.

Giovanna. La verdad es que no sabía su nombre, ni me interesó hasta ahora. Al final cené en el propio restaurante, y estuve bebiendo en la barra hasta que cerraron a las dos. Cuando tenía un hueco venía a hablar conmigo y echábamos unas risas, ella quería y yo, bueno, a mí me daba igual. La segunda noche sin Laura la pasé con Giovanna.

A la mañana siguiente amanecimos los dos sobre la una, tan solo alguna rendija de luz pasaba por los agujeros de las persianas. Me levanté y me duché, y mientras preparaba un poco de café para dos decidí que tal vez mereciera la pena llamar de nuevo a Laura.

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