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viernes, 8 de febrero de 2013

Los Árboles de Antaño


Escaleta siempre fue su estación preferida en invierno, ya que en general pasaba por ella limpiando justo a la hora en que arriba el sol caía al final de la calle, entre las cinco y media y las seis. A esa hora los cristales de los balcones refulgen con brillos dorados y rojos, y la humedad de los edificios es durante unos minutos tan solo una piel brillante que va descendiendo hasta los soportales, donde la gente camina despreocupada echando un vistazo a los escaparates, y algunos niños del barrio juegan a la pelota mientras un camarero sirve vinos en la terraza de un bar.

Ser empleado de limpieza nunca ha sido un trabajo muy valorado, quizás sólo los días de huelga, la suciedad es un incentivo muy especial. Su padre tenía la costumbre de llevarle por las tardes mientras limpiaba las calles, y le contaba historias de cada rincón, que había leído en los libros que devoraba por las noches, o que había escuchado de su padre o de los más viejos de la ciudad. Cuando empezó en este trabajo eligió la misma ruta que su padre tuvo durante veinte años. Cada esquina, cada calle era un buen lugar para pararse a recordar. Para él fue como continuar una deliciosa historia que parecía que tenía que acabar el día que su padre falleció.


Sin embargo a él no le duró mucho la ruta, el metro llegó, adalid del progreso de la ciudad, y más de la mitad de la plantilla más joven fue trasladada para la limpieza de las tres nuevas líneas del metropolitano de la ciudad. Al principio fue duro, horrible, terrible, desesperante, opresor, deprimente. Ahora no, ya no. Dejó de leer, su padre siempre le decía que los libros eran su tesoro, que nadie nunca podría robárselo, ya que después de los años todas aquellas historias permanecerían en tu mente para siempre. Pero él no pudo, aquel cambio fue demasiado para él, y tras la muerte de su madre, la soledad de la casa le acompañaba a los pasillos del metro y de vuelta al final de la jornada.

Entre las cinco y media y las seis, intentaba estar siempre bajo la Calle Escaleta, se sentaba en uno de los bancos más retirados del andén y sacaba la merienda. Sus ojos se cerraban a ratos y en aquellos momentos sentía respirar el agua de las paredes de los edificios y deslumbrar el sol en sus ojos.

Aquel día de Enero, ya después de las fiestas de Navidad, encontró abandonado un libro en uno de los corredores principales, sobre los primeros escalones de la escalera de salida a la Calle Mayor. Quizás se le cayó a alguien que llegaba tarde o quizás alguna pareja que encontró un rincón para charlar lo dejó por descuido allí dormido. Saúl no pudo dejarlo tirado, vale que no le apeteciera leer cada noche, pero dejar un libro tirado no era algo que su mente pudiera digerir, ni antes ni ahora.

“Los Árboles de Antaño” - leyó de nuevo en el lomo mientras daba cuenta de su bocadillo. Le dio la vuelta entre bocado y bocado, siguiendo con el dedo la breve sinopsis de la contraportada: “Tú no eres lo que los demás esperan de ti fue lo que Lucía aprendió en aquellos años convulsos que vivió en Soria, entre excursiones a la Laguna Negra y el frío y la nieve de los duros días de la posguerra”. Aquello le hizo pensar en la vida que llevaba, en cómo le hacía sentir la indiferencia de la gente cada día, y lo mucho que anhelaba a su padre, lo mucho que anhelaba los días de juegos acompañando a su padre, los días de lecturas antes de dormir, y de historias, de cuentos.

Un leve roce le hizo salir de sus pensamientos. Era una chica joven, aunque no mucho más que él. Se quitó el abrigo acomodándose en el banco a su vera y sacó un libro, que por su aspecto no era la primera vez que revivía su historia.

- ¿Le gusta leer? - preguntó desenfadada mientras abría el libro. Saúl no recordaba la última vez que alguien se había sentado a su lado en la hora de su descanso.
- Solía leer mucho - comentó Saúl algo sorprendido. - Aunque últimamente ya no tanto.
- ¿Es bueno? - Saúl miró con cara extrañada, y ella  señaló el libro que había encontrado en las escalera con una sonrisa amable.
- No lo sé aún, quizás empiece a leerlo hoy.
- Ese es el mejor momento de un libro, si yo pudiera elegir mi momento preferido sería el de empezar un libro por primera vez. Si pudiera, daría lo que fuera por sentir de nuevo las sensaciones de leer mi libro preferido por primera vez.
- ¿Y cuál es? - preguntó Saúl envolviéndose poco a poco en la conversación -  ¿cuál es ese libro que tanto te gusta?
- Aún no tenemos tanta confianza, quizás en otra ocasión - contestó ella y volvió a sonreír.

Un nuevo tren tocó la sirena mientras entraba en la estación, y la chica se levantó tranquilamente, recogió sus cosas y le miró.

- ¿Te veré mañana?
- ¿A las seis? - balbuceó aún conmocionado por la escena.
- ¡Perfecto! - y empezó a caminar hacia el tren. - Lucía, me llamo Lucía.

Saúl vio como las puertas del vagón se cerraban y Lucía escogía un sitio para acomodarse y leer, y en ese instante, en ese preciso instante, decidió que su libro preferido sería aquel libro perdido que no había leído aún.

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