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sábado, 15 de diciembre de 2012

Despertar


La conclusión a la que pudo llegar fue que debía ser depresivo por naturaleza. Debía ser eso. Los buenos momentos los disfrutaba, sí, pero llegaba un punto en el que algo terminaba por presionarlo hasta la médula y desplazarlo a un rincón.

El teléfono empezó a sonar, lejos - ¿Dónde narices está el teléfono?. Se levantó perezoso de su ensimismamiento y empezó a buscar alrededor, como si fuera la primera vez que veía todo aquello que había en la sala. La cancioncilla dejó de sonar, pero él seguía allí plantado mirando embobado alrededor.

La canción. Empezó de nuevo, en algún lugar, por allí, y su mente salió de nuevo a la superficie. Se dirigió a la cocina y revisó por la encimera sin suerte. Puerta, pasillo, puerta. La habitación, estaba seguro.

El sol brillaba con la luz anaranjada del otoño y atravesaba las cortinas amarillentas desde el oeste al caer. El polvo se acumulaba en las mesillas y en la cómoda a la vez que parecía volar cubriendo toda la estancia. Allí estaba, sonando. Se encendía a la vez que vibraba, y Elisa tumbada sobre la cama parecía no enterarse de nada. Lo tenía encima de su pecho, bailando y bailando, como una rata enloquecida, pero seguía con los ojos cerrados. Una mano le colgaba fuera de la cama, y la otra agarraba una tarjeta de visita ya sobada que por lo que parecía había utilizado hace poco.

Pawel empezó a recordar, puso sus manos sobre los restos blanquecinos junto al despertador y arrastró lanzándolos al aire. Se tumbó junto a Elisa y cerró los ojos, intentando parar las absurdas lágrimas que empezaban a brotar.

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