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sábado, 27 de octubre de 2012

Objetos perdidos

1.
Siempre pensé que el oficio de mi padre era especial. La mayoría de las personas que trabajan de cara al público terminan teniendo en su cabeza cientos de historias que aunque no les pertenecen, les convierten en un archivo andante. Mi padre tenía siempre una historia para cada situación. Era como aquellas personas que se saben el refranero de memoria, cada día tiene su refrán y su afán, y al contrario, hay más refranes que panes. Si no quería estudiar ahí estaba la historia del que no quiso estudiar y luego pasó su vida arrepintiéndose. Si quería quedarme en casa, ahí estaba la historia del psicólogo que recomendaba relacionarse para crecer. Si dudaba que carrera estudiar, ahí estaba el ingeniero o el arquitecto o el médico orgulloso de su trabajo.

Era increíble ver como hilaba la historia de un cliente que una vez conoció tan sólo escuchando unas pocas frases de tu argumento. Sencillamente perfecto, si no fuera porque mi amigo Pablo me desbordó el día en el que su padre nos enseñó la oficina donde trabajaba. Su padre se dedicaba (así, sin más que decir) a guardar lo que los demás perdían. En mi cabeza lo que una persona podía perder se reducía básicamente a cosas del tipo “paraguas” o “cartera”. Sin embargo, lo que ví aquel día aún está grabado en mi memoria, y perdurará hasta el día que muera.
El padre de Pablo se llamaba Noé, lo sé, curioso nombre para los tiempos que vivimos. Su oficina se hallaba en un edificio antiguo del centro, era de ladrillos marrones, pero la contaminación lo había ennegrecido, y la escalera de incendios en el callejón parecía más un alambre enclenque dibujando eses que una verdadera salida de escape. La puerta principal no era giratoria como podéis imaginar, era de doble hoja de madera maciza, antigua de aspecto y de vida. Su padre abrió la puerta con una llave grande que guardó de nuevo en el bolsillo de su abrigo, y la sujetó mientras pasábamos dentro. La entrada estaba desierta, no había conserje, ni parece que lo hubiera habido últimamente, no porque estuviera sucio (que no lo estaba) sino porque la garita estaba cerrada a cal y canto y las persianas daban la impresión de no haberse movido en años, dibujando las marcas del tiempo en cada lugar al que miraras.

Un pasillo que había a la izquierda nos llevó después de unos metros hasta unas escaleras que se adentraban en las raíces del edificio. En ese momento fue cuando empecé a darme cuenta de que aquel lugar no era una oficina al uso, Noé iba encendiendo las luces por delante nuestro apretando unos extraños interruptores de color amarillento que nos encontrábamos en cada pasillo justo al girar. Primero a la izquierda y luego dos veces a la derecha. Llegamos a un hall totalmente vacío, me imaginé que estaría hecho para esperar, ya que pensé que si se guardaban objetos perdidos tendría que haber un servicio de recogida. Pero por no haber, no había ni ventanilla. Noé se paró delante de la única puerta que pude ver, estrecha, de madera pintada de blanco, como las paredes, giró el pomo y tras un pequeño clic se abrió.

Desde fuera no podía distinguir el interior, un hueco negro parecía rodear la silueta de Noé y tanto Pablo como yo empezamos a asomarnos por los lados para intentar ver algo. Su padre nos miró sonriendo - seguidme - dijo, y dio un paso para entrar. ¡Desapareció!. Delante de nuestras narices Noé desapareció y ahora solo podíamos ver el marco blanco de la puerta rodeando la oscuridad. Pablo y yo nos dimos la mano perplejos y saltamos adentro.

Fue como un pequeño destello, nada más pisar dentro todo se iluminó. Estábamos en un almacén gigantesco, llegaba a distinguir las paredes a los lados, lejos, pero imposible ver dónde acababa. Miré hacia arriba y no había techo, era como si pudiera ver el cielo, en lugar de azul era blanco e iluminaba todo el almacén con una luz deliciosa, suave y cálida, todo lo contrario que los fluorescentes de cocina que nos acompañaron por los pasillos del edificio. El almacén estaba organizado en hileras de mesas con un pasillo de unos tres metros entre cada una de ellas. Las mesas estaban pegadas unas a otras, dejando un pequeño espacio cada cierto tiempo para pasar de un pasillo a otro. Las hileras se perdían a lo lejos, entrecerré los ojos pero seguía sin ver nada más que un punto de fuga al infinito. Sobre las mesas había urnas de cristal con objetos o “cosas” de diferentes formas y colores. Delante de cada urna se podía ver un pequeño rótulo como los que tienen los jefes en su despacho con su nombre, con algo escrito. ¡Como si fuera un museo!

Noé seguía sonriendo mientras observaba las caras de sorpresa que se nos habían quedado. Se giró tranquilamente y se acercó un pequeño armario a su derecha, sacó una bata blanca y se la abotonó mientras echaba un vistazo como revisando por encima el almacén. Al acabar  se acercó a nosotros y dijo:

- Bueno chicos, aquí estáis. Yo tengo que trabajar, voy a estar de aquí para allá, tengo que limpiar las urnas que se hayan quedado vacías y revisar que no haya ningún desperfecto. Podéis pasear y mirar lo que queráis, lo único que os pido es que tengáis cuidado de no romper nada, y no se os ocurra abrir las urnas - dicho lo cual dio media vuelta y se perdió entre los pasillos, revisando las urnas. De vez en cuando se le veía pararse delante de alguna, cogía el rótulo, retiraba el papel de dentro y con un paño la limpiaba por dentro y por fuera. Otras veces se paraba delante de alguna que estaba llena, y escribía en un papel para luego introducirlo dentro su rótulo.

Lo primero que me sorprendió fue pensar la manera en la que aquellos objetos se recuperaban. No pude imaginarme a nadie bajando allí abajo a por algo, sin embargo la explicación estaba a dos segundos de mí. Una de las urnas a mi derecha centelleó y se quedó vacía. ¡Alucinante! Leí el rótulo con curiosidad:

        Olfato y gusto. Javier San Pedro. Abril 1980

- Parece que el Señor San Pedro ha dejado por fin de fumar- dijo Noé que llegó sonriendo de nuevo. Cogió el rótulo y empezó a limpiar la urna con esa parsimonia de quien tiene una tarea automatizada. Pablo y yo nos quedamos mirándonos.

Recorrimos varios pasillos con cara de lelos. Una urna tenía una carta, un as de oros.

        Suerte. James White. Mayo 1995

Otra tenía una fresa roja, pero roja, roja:

        Pasión. Almudena Guzmán. Agosto 1992

Había una con una luna oscura y a la vez brillante, con un halo espectral a su alrededor:

        Sueño. Elizabeth Bloom. Diciembre 1989

El más antiguo que encontramos era una pluma gris:

        Tranquilidad. Robert Heilmann. Abril 1940

Estuvimos toda la jornada jugando, imaginando como sería aquella gente, dónde vivirían o por qué no querían recuperar aquellas cosas tan valiosas. A media tarde Noé nos llamó, colgó su bata y salimos por los pasillos hacia la escalera. La gente caminaba en un desorden ordenado, cual abejas en un panal, buscando algún destino o quizás buscando algo que habían perdido, pensé.

Al llegar aquella noche a casa, me encerré en mi habitación enseguida y abrí con cuidado el bolsillo del abrigo. Saqué una especie de alfiler, con un sol brillante que cambiaba de color con mil reflejos diferentes. Sé que no debería haber tocado nada, ¡pero era tan precioso!. Nunca se lo dije a nadie y lo he guardado desde entonces como oro en paño. Al día siguiente tiré en el reciclaje el rótulo con un papel que rezaba “Ilusión”. El nombre y la fecha no los recuerdo ya.


2.
Vuelve a llover de nuevo. Las ventanas se empañan mientras miro a la gente caminar deprisa, hacia algún destino que imagino con sólo ver el color de sus paraguas. Aunque intento abrumar a mi depresión con múltiples actividades positivas, la sonrisa forzada no logra ni tan solo levantarme el ánimo para ver algún canal en el cable.

Nunca pensé que llegaría a verme así, nunca pensé que no tendría ganas de mirarme al espejo, nunca pensé... quizás la vida sea en realidad diferente, yo nunca... bueno, tal vez sí.

Sigo el tratamiento, día y noche, y rezo cada día porque aún tengo esperanza de que todo cambie, de que... no sé... déjalo, quizás mañana.

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