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sábado, 27 de octubre de 2012

Objetos perdidos

1.
Siempre pensé que el oficio de mi padre era especial. La mayoría de las personas que trabajan de cara al público terminan teniendo en su cabeza cientos de historias que aunque no les pertenecen, les convierten en un archivo andante. Mi padre tenía siempre una historia para cada situación. Era como aquellas personas que se saben el refranero de memoria, cada día tiene su refrán y su afán, y al contrario, hay más refranes que panes. Si no quería estudiar ahí estaba la historia del que no quiso estudiar y luego pasó su vida arrepintiéndose. Si quería quedarme en casa, ahí estaba la historia del psicólogo que recomendaba relacionarse para crecer. Si dudaba que carrera estudiar, ahí estaba el ingeniero o el arquitecto o el médico orgulloso de su trabajo.

Era increíble ver como hilaba la historia de un cliente que una vez conoció tan sólo escuchando unas pocas frases de tu argumento. Sencillamente perfecto, si no fuera porque mi amigo Pablo me desbordó el día en el que su padre nos enseñó la oficina donde trabajaba. Su padre se dedicaba (así, sin más que decir) a guardar lo que los demás perdían. En mi cabeza lo que una persona podía perder se reducía básicamente a cosas del tipo “paraguas” o “cartera”. Sin embargo, lo que ví aquel día aún está grabado en mi memoria, y perdurará hasta el día que muera.

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