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domingo, 24 de junio de 2012

Desarraigo


Lo único que aún conservaba de su madre era un retrato de su abuela, que desgraciadamente le recordaba sin ninguna duda a su ahora difunta progenitora. La naturalidad con que se tomaba el desplante que le había hecho al morir contrastaba con aquella ira subyugante que siempre parecía aflorar en cuanto las cosas no iban como él quería. Su madre siempre le amenazó con que aquello iba a pasar, y aunque él nunca corrigió su comportamiento, en el fondo de su ser siempre pensó que el amor de una madre era inquebrantable.

El hecho que seguramente cambió la relación de Armand con su madre fue el incidente de la biblioteca familiar. Aquella noche Armand explotó como tantas otras veces desde niño con una salida de tono egocéntrica, de aquellas que se deben atajar cuando uno aún es pequeño, porque cuando eres adolescente ya no hay quien las pare. Su madre era viuda, para él había sido viuda toda su vida, ya que su padre murió cuando él aún no caminaba. Era militar de carrera, pasaba poco tiempo en casa, pero aunque de cara a la mayoría del mundo era un tipo duro y cautivado por seguir normas constantemente, la relación con su esposa era puro romance. Su padre mandó decenas de cartas desde todos los destinos en los que tuvo que trabajar, con versos, aventuras y mucho cariño para su mujer.


El caso es que aquel día Armand no consiguió lo que quería. Tenía ya 14 años, una edad más que considerable para comportarse como un adulto. La madre de Armand sufría de jaquecas continuas y no dedicó más de 10 segundos a rechazar la idea de su hijo de montar una fiesta con varios de sus amigos en casa. Hoy no - dijo. Armand enarcó una ceja y tardó menos aún en salir de la sala fuera de sí. En el camino hacia la biblioteca tiró un jarrón, una silla y a un empleado de la casa que por desgracia para él pasaba por allí de camino a algún encargo.

La carrera desenfrenada le llevó hasta la biblioteca familiar, aquel refugio constante durante años para su madre. Tiró varios de los libros que descansaban en la mesa de lectura y como un mal augurio los hizo arder. Los empleados de la casa tardaron casi una hora en darse cuenta de que aquello era demasiado grande, y al final de la noche, la parte sur de la casa estaba reducida a cenizas y escombros.

A partir de ese día su madre cruzó las palabras justas con él. Si no era necesario una persona del servicio le comunicaba cualquier palabra u orden en lugar de su madre. A él le daba un poco igual, nunca le importó mucho la familia. A rastras terminó sus estudios básicos y se fue de la casa familiar a recorrer el mundo.

5 años después se enteró en un breve encuentro con una de sus hermanas que en aquel incendio su madre perdió todas las cartas que conservaba de su padre. A sus 19 años estuvo a punto de entender mínimamente lo que su madre llegó a sentir, pero claro, hay cosas que a uno se le quedan grabadas con fuego desde pequeño, y su descorazonadora tendencia al desarraigo triunfó de nuevo.

Ahora con 25, recorrió las calles de su antiguo pueblo, y presenció de lejos el funeral de su madre. Una pena - pensó, que un cuadro tan horroroso no ardiera aquel día.

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