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jueves, 26 de enero de 2012

La mirada perdida


Teresa recorrió el hall del hotel con la mirada perdida. Los arcos de piedra enmarcaban los grandes ventanales mostrando el mar abierto, azul oscuro. Los olores a fruta invadían el aire, y se alegró de no escuchar ningún piano de fondo. Siguió caminando entre las parejas de novios que se arremolinaban entorno a un guía turístico, como niños de excursión revoloteando alrededor del profesor, y se sentó en unos de los sofás mirando hacia la entrada.

Pasaron 30 minutos hasta que se decidió a pedir un café. El sol comenzaba a caer cuando el camarero se acercó para dejar la taza sobre la mesita.  Abrió la chocolatina y dejó que se deshiciera en su boca mientras intentaba mantener la calma.


Nunca le faltó coraje para salir adelante, incluso en los peores momentos de la enfermedad de su padre. Aquel año seguramente fue el más duro de su vida, y de la de sus hermanos, por supuesto. Pero ella tenía que quedarse en casa cuidándole mientras ellos trabajaban en la mar, para seguir adelante. La quimio le dejó destrozado, por dentro y por fuera. Su padre, hombre de mar, duro, estricto, rígido en todas las caras de la vida, lloraba de rabia. El cansancio le dejaba tirado las horas muertas, y la vergüenza le cerraba los ojos para no verse así.

Aquel año fue el peor sí, pero pasó, y se curó. ¡Dios mío se curó! Tras el trasplante empezó a vivir de nuevo, a comer, ¡a reír!. 6 meses después ya estaba faenando con los demás, de nuevo, hacia adelante. Jugó con la nota del telegrama en su bolsillo con una mano mientras se roía nerviosa el pulgar de la otra.

El sol había desaparecido por completo cuando el “Bahía gris” entraba en el puerto. Teresa lo siguió con los ojos en lágrimas, apoyada contra una de aquellas farolas oxidadas entre las que jugaba de niña. Por fin tocó el muelle, y uno de sus hermanos sacó la pasarela junto con uno de los marineros que solía contratar su padre para faenar. Los operarios de la funeraria del pueblo subieron la caja por la rampa con la habilidad de quién hace la misma tarea durante años.

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El cementerio del pueblo estaba en una colina, verde en cualquier lugar al que miraras y cuidado con el esmero que sólo nuestros mayores dedican a los recuerdos de la familia. Aunque el sol llamaba, la niebla cerraba cualquier resquicio para pasar esa mañana. Sus hermanos no hablaban salvo para bajar la cabeza y agradecer la presencia de los conocidos. Ella no. Nunca bajaría la cabeza, ella estaba orgullosa, ella le quería y había dado toda su vida para cuidarlo, y no bajaría la cabeza. Los vecinos pasaron, uno tras otro, con las manos duras y arrugadas por los años de trabajo duro, humedad y sal.

Al llegar a casa, inspiró fuerte la brisa que llegaba del mar antes de entrar en casa. Sus hermanos se sentaron alrededor de la mesa camilla mientras ella cruzaba con decisión la sala y enfilaba los escalones de madera hacia los dormitorios. Los crujidos al bajar delataron el peso que llevaba. Fue a la cocina, cogió el café aún templado y lo llevo a la sala. Dejó unos tazas sobre la mesa, apiladas y con unas cucharillas encima. Le dio un beso en la mejilla a cada uno, y el adiós de sus labios sonó a cariño, a amor, a años de vidas cruzadas.

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