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viernes, 28 de octubre de 2011

El taller de muñecos


El taller de reparación de muñecos era como un recodo en el camino. No lo veías hasta que te lo encontrabas de frente, como surgido de la nada. Las paredes empapeladas oscurecían la entrada donde un aprendiz atendía tras un mostrador de madera.

El chico pelirrojo cerró la puerta justo cuando Amelia entró, extraño para estos tiempos de necesidad, no tan raro para una tienda que llevaba abierta tanto que nadie recordaba cuando se abrió. Amelia se recogió el pelo rizado hacia un lado mientras observaba como giraba el cartel que colgaba del cristal y volvía con una sonrisa en los labios.

Amelia dejó sobre el mostrador dos muñecas de porcelana. A una le faltaba el ojo derecho, la otra había recibido un golpe en la mejilla, que había dejado un hueco en forma de triángulo. El aprendiz sacó de debajo del mostrador un cuaderno pequeño de notas y escribió varias líneas. Levantó la mirada y se quedó absorto durante un par de segundos, clavando sus ojos en algún lugar de Amelia, bajó la cabeza y escribió una línea más.


El chico recogió todo y pasó a la trastienda tras pedirle que esperara unos minutos.

A ambos lados del mostrador había vitrinas con muñecos a la venta. Los halógenos que aún funcionaban daban un aspecto amarillento a todos los juguetes. Las caras estaban sobre-cargadas de pintura, a veces marcando tanto los rasgos que parecían actores de comedia abandonados. Miraban hacia afuera, ninguna sonreía, y todas parecían decir algo. O pedir algo.

El chico salió de atrás ayudándola a retirarse de la vitrina.

- Al maestro le gustaría hablar con usted - Amelia debió dejar ver algo de sorpresa en su rostro, ya que el chico añadió en seguida, - si no le importa.

Retiró la cortina para dejarla pasar. La trastienda en realidad era una pequeña habitación, con una trampilla al fondo, que colgaba de un cabo atado a la pared. Bajaron por una escalera de caracol al sótano. Un viejo estaba encorvado sobre una gran lupa, con una mano sujetaba una cabeza de muñeca y con la otra picoteaba con una aguja poniendo pelos negros.

- Por favor, siéntese, tenemos café caliente - dijo sin levantar los ojos de su tarea.

Amelia se sentó en una silla desde la que podía ver como el viejo trabajaba. Su aprendiz trajo una taza con café en un platillo que le recordó a los juegos de café desparejados que su abuela solía acumular por doquier.

- ¿Se ha preguntado alguna vez qué es lo que motiva a las personas? A Amelia la pregunta la pilló desprevenida, no era la primera vez esta tarde.
- Me imagino que aquello que les hace felices - respondió algo dubitativa.

El viejo dejó la cabeza en un cestillo, encima de otras cuantas más. Apagó la luz y se sentó acercando el taburete que tenía detrás.

- No hay nadie que no haga lo que sea para satisfacer sus deseos más ocultos. Los deseos son ocultos porque los escondemos de los demás, porque nos avergüenzan.

Un golpe seco sonó arriba cuando la trampilla cayó.

- A mí me gusta adivinar los deseos de las personas. ¿Sabía que se puede saber casi todo sobre una persona mirando sus juguetes más queridos?  - Me lo dijo mi maestro hace ya muchos años.
- Cada uno de estos muñecos guarda una historia de un cliente agradecido - dijo señalando a la pared.

Amelia intentó volver la cabeza hacia la estantería que el viejo admiraba, pero su cuello no le hizo caso. Tragó saliva e intentó mover las manos, los pies, el cuerpo, se intentó dejar caer, pero no le hizo caso. Sus pupilas crecían por momentos, a la vez que el sudor en su frente mostraba el terror que la atenazaba.

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La mañana del sábado también se levantó con niebla.

A las 9 en punto el aprendiz pelirrojo subió la cortinilla de la tienda, giró el cartel detrás del cristal y el cerrojo hizo vibrar la puerta al abrirse.  Pasó un paño por el mostrador y colocó el cuaderno de notas al lado de la caja registradora. Recogió el polvo de las vitrinas, y al acabar encendió los halógenos.

Colocó todos los muñecos y se detuvo en la última muñeca que había reparado el maestro. Los rizos le caían hacia un lado, despreocupados. Pero sus ojos abiertos lo miraban fijamente, como si quisieran decirle algo. O pedirle algo.

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