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domingo, 20 de febrero de 2011

Las vallas del camino

Sí, lo sé, pensó Javier mientras caminaba de vuelta. Sé que es un poco infantil. No, un poco no, muy infantil. Lo sé. Sé que hace mucho que debería controlar mis reacciones, y más aún teniendo en cuenta la facilidad con la que afloran los sentimientos en mi día a día. El camino parecía igual que hace años cuando lo solía recorrer con sus primos. Pero no, nada era igual. Una valla cercaba ahora la franja derecha, por dónde llegaba el río, limitando el pequeño bosque artificial de árboles para talar y vender. Las ovejas aún pastaban al pasar, habían logrado pasar rompiendo la valla un poco más arriba.


La primera parte del camino estaba rellenada con escombros y mal asentada. Los todo-terreno y las motos de campo hacen mella en él, sobre todo en invierno con las lluvias, llega un momento que es casi imposible caminar por allí, queda destrozado por tramos. La cuevas de la ladera a la izquierda aún siguen allí, aunque ya no tienen solo signos de alguna hoguera de los pastores, más bien botellas y cristales tirados por cualquier parte por chavales que se juntan los fines de semana. Podemos dar gracias que al menos aún no son capaces de escalar hasta los nidos de las rapaces protegidas que ponen sus nidos en las cimas.

El molino está abandonado, las compuertas oxidadas, y aunque el tejado no se ha derrumbado, lo que se intuye por los ventanucos es bastante deprimente. En esta época baja bastante agua por el cauce, dejando a su paso los mimos y sonidos de siempre. Bajo por el sendero que lo acompaña y que tantas veces recorrí con la bici, dejando el coche atrás, y tal vez intentando dejar atrás algo más.

Javier se paró a medio camino de las casas abandonadas que una vez fueron un pueblo más adelante. Intentó escuchar la radio pero no llegaba señal, no digamos el móvil. Guardó el GPS que no hacía más que saltar entre las colinas que le protegían de lo que un día fue el mundo perfecto para emigrar. Esta vez no subiría ninguna ruta a la web. El bocadillo de chorizo había sido otro capricho más de la infancia, cuantos le habría preparado su madre, y cuántas veces le habría dicho que no todo era chorizo en esta vida.

Se sintió sólo por primera vez en mucho tiempo, tal vez años. Y se sentía bien.

3 comentarios:

  1. Son muchas las veces en las que sentimos esas sensaciones, son muchas las veces en las que intentamos recorrer viejos caminos, recuperar viejas vivencias, recordar aquellos aromas y fragancias.

    Sin duda el lugar que describes es uno de esos lugares que, a pesar de todo, sigue teniendo mucho encanto, que sigue inspirando al mismo tiempo que una ligera zozobra, una carga importante de felicidad.

    Sí, tal vez el problema sea ese: cada día vallamos más puertas abiertas al mar, cada día degradamos más los lugares que nos ayudan a acercanos más a nosotros mismos, cada día que pasa somos menos los que intentamos salir a encontrar esos paisajes, esos paseos, esos momentos.

    Me ha encantado... Y me ha traido muy buenos recuerdos. Sigue caminando

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  2. Sé que yo no viví esa experiencia allí, pero como sabes, todos tenemos nuestras rutas de la infancia. Y todos añoramos el tiempo que no teniamos sensación de tener responsabilidades.

    Incluso todos añoramos vivir un poco más cerca de lo que querríamos ser.

    Gracias por tu opinión!

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  3. Me has sorprendido Imaginario, ¿quien dice que no viviste esa experiencia?. La has soñado, las ha creado, nos la has transmitido, y nos has contagiado.

    La vida intensa en vivencias y emociones, desde lo más profundo de nuestro ser, sin máscaras ni ataduras, está llena de historias vividas en el ayer, recordadas en parajes, en incluso con personas del hoy.

    Estoy seguro que muchos hemos "vivido" también ese relato y esas sensaciones.

    Aunque, por desgracia, no tengo demasiado tiempo, cuando puedo me gusta pensar-leer finales imaginados.

    Gracias por escribir.

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