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domingo, 20 de febrero de 2011

Las vallas del camino

Sí, lo sé, pensó Javier mientras caminaba de vuelta. Sé que es un poco infantil. No, un poco no, muy infantil. Lo sé. Sé que hace mucho que debería controlar mis reacciones, y más aún teniendo en cuenta la facilidad con la que afloran los sentimientos en mi día a día. El camino parecía igual que hace años cuando lo solía recorrer con sus primos. Pero no, nada era igual. Una valla cercaba ahora la franja derecha, por dónde llegaba el río, limitando el pequeño bosque artificial de árboles para talar y vender. Las ovejas aún pastaban al pasar, habían logrado pasar rompiendo la valla un poco más arriba.

sábado, 12 de febrero de 2011

A él y al otro

Lo peor que le podría pasar a una persona sería poder escuchar los pensamientos de los demás. Aparte de la salud, claro está. La salud siempre por encima de todo, Dios me libre de pensar algo diferente (mal rayo me parta). Si alguien pudiera leer mis propios pensamientos seguramente se asustaría. Más de una vez he pensado que si pudiéramos  escuchar los pensamientos de los demás todos seríamos acosadores, delincuentes y presumidos. Sobre todo presumidos. Nuestras esposas y maridos ya no confiarían más en nosotros y nuestros hijos nos abandonarían a nuestra propia suerte.

Es como ver una misa desde la barrera, como si fueras un banco o una cristalera, todo te parecería un espectáculo difícilmente justificable. Pero nadie puede oírte, y cuando pienso para mí no soy la misma persona, o tal vez soy yo la que vive dentro, el yo de verdad. Y la de fuera es solo otra, otra que presta atención a los demás, que es amable y considerada, generosa y buen amante.

Hoy me he escuchado pensando en otro, pensando en otro de forma malvada, primero deseándolo, y luego más tarde despreciándolo. Despreciándolo porque no es para mí, porque me doy asco por pensar en otro, y porque mi novio no lo sabe. Si lo supiera me dejaría, estoy segura, y por eso le desprecio, a él y al otro.

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