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sábado, 27 de noviembre de 2010

Santa Devota (Segunda parte - Final) - Aniversario Finales Imaginados

Oía claramente al chico discutiendo con alguien, él intentaba bajar la voz, pero aquella mujer no hacía más que increparle por su falta de sentido común. La puerta se abrió de repente, Lola dio un pequeño paso hacia atrás y se quedó frente a frente con el chico.

- Lo siento, tengo que salir - dijo con cara de frustración - mi abuela la atenderá, pase a la sala.

Lola entró al extraño recibidor y un segundo después oyó tras de sí la puerta, se volvió y el chico ya no estaba allí. ¡Perfecto!, pensó, el día se está poniendo cada vez mejor. Miró a derecha y a izquierda, el hall no tenía ninguna ventana, tan sólo un pequeño taquillón desgastado y dos cuadros de caza, llenos de galgos por doquier. La puerta de la derecha estaba entre abierta y la voz de la mujer la conminó a pasar.


La sala era en realidad un gran salón, la madera del suelo estaba agrietada, sin barniz salvo en los bordes que tocaban las paredes. La lámpara de araña hacía años que no se debía limpiar, y aunque apagada, tenía pinta de haber sido elegante tiempo atrás. Las ventanas estaban tapadas con unas cortinas amarillentas, al pasar junto a la primera esta escupió polvo como un fumador empedernido tosiendo de mañana.

La mujer estaba sentada en una silla de ruedas, mirando hacia la estufa de leña que había en uno de los rincones. Un tubo salía hacia arriba y recorría el techo hacia las habitaciones. Se volvió y Lola pudo ver el mal humor en sus ojos.

- No sé por qué ese estúpido de niño la ha traído aquí. No me gusta nada que traiga extraños a casa. Le he dicho mil veces que los asuntos de la familia no son para contar en el pueblo, y menos a extraños.
Lola tragó saliva e intentó arrancar con una de esas poses que solía utilizar con los clientes.
- Pase y siéntese de una vez - cortó la vieja.
Lola tomó una de las sillas y se sentó.
- Traiga un poco de café, está en la cocina, si ha hecho algo bien hoy, el niño habrá dejado la cafetera al fuego antes de irse.
Lola volvió a levantarse descolocada y sin saber qué decir fue de nuevo hacia el hall. Al segundo intento encontró la cocina, el fuego estaba ya apagado, pero el café humeaba.

Lola sirvió el café en unas tazas que encontró en una bandeja con un dibujo de galgos en la cocina, y se quedó sentada mientras la señora Rottweiler miraba de nuevo hacia la estufa.
- Ese chico se ha empeñado en que hable con usted, dice que es buena persona.
- Él solo quiere ayudarla, parece preocupado.
- Sí, sí, como su madre - rezongó la vieja - y luego mira como me lo pagó. Tomó la taza y se puso a beber con sonoros sorbos. - Ese niñato lo único que quiere es meterme  en un manicomio para viejos, como su madre - dejó la taza de nuevo y la miro fijamente en silencio.

Lola se dio cuenta en aquel mismo momento de que hoy fue un mal día para empezar a no hacer caso a sus intuiciones. Dejó la taza de café con cuidado sobre la mesa, y pasó su mano rápidamente por delante de la cara de la señora Rottweiler. La buena mujer no parpadeó, como Lola ya imaginaba. Tocó su pecho con algo de miedo y nada. Nada de nada. Lo que pensaba, aquello pintaba muy mal. En aquel momento se dio cuenta de que ella aún no había probado el café, y su corazón le dio un vuelco - ¡maldito niño! - dijo para sí.

Con algo de esfuerzo tumbó a la vieja en el suelo y empezó a masajearle el pecho a la vez que llamaba a una ambulancia. En aquel momento Lola se dio de que estaba llorando, las lágrimas le caían  como regueros por la cara, y seguía presionando el pecho como una histérica. Oyó  la bicicleta del chico llegando a la entrada y entonces  paró. De un salto se plantó en el hall y y la cerró con el cerrojo, puso una silla en la manilla y contuvo la respiración.

La puerta empezó a  a moverse, el chico la golpeaba con fuerza pero el cerrojo y la silla resistían.
- ¡Lola!, abre la puerta.
- ¡No!, y he llamado a una ambulancia, están a punto de llegar.
- ¡Abre!
- ¡Como no te vayas llamaré a la policía!

El chico dejó de golpear. Los cristales del salón empezaron a sonar, el chico probaba todas las ventanas. Lola cogió el teléfono y llamó a la policía. El chico estaba como loco, iba de una ventana a otra intentado entrar. Lola atrancaba la puerta del salón cuando oyó llegar la ambulancia. El ruido cesó.

El médico dijo que la vieja había aguantado gracias al masaje cardíaco que ella le había aplicado. Lola se sentó en una de las sillas, mirando a la estufa. Oyó al chico a su espalda.
- ¿Cómo está?
El chico parecía calmado, amable, incluso preocupado. Lola se alejó un poco.
- ¿Se recuperará?
- Sí, creo que de esta saldrá.
- ¿Cómo estás? - se dirigió a Lola.
Lola corrió hacia la puerta entre el polvo de las cortinas buscando a la policía. El chico salió tras de ella - ¡espera!, lo puedo explicar-. La agarró del brazo y Lola gritó - ¡Ayuda! ¡Socorro!.
Un policía entró y agarró al chico de la pechera - ¿qué pasa aquí?.

El médico se acercó al pequeño tumulto que se había formado y medió.
- Deja al chico, Fran.
- ¿No les has visto?
- Déjale te he dicho. ¿No ves cómo está su abuela?.

Lola no se lo podía creer. - ¡Este chico es un demonio! - gritó.

- ¡Pero qué dice señora! - exclamo el médico y acarició la cara del chico. - Es la tercera vez este mes que la señora Carmen sufre una parada, su corazón no aguanta más. No quiere tomar la medicación, y ese que su nieto está encima de ella todo el día, pero esta mujer es tremenda. hace años que perdió la cabeza y no atiende a razones.

Realmente hoy fue un mal día. Pero al menos había tomado una decisión, aquel pueblo había sido una mala elección.

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