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sábado, 20 de noviembre de 2010

Santa Devota (Primera parte) - Aniversario Finales Imaginados

Lola se dio cuenta en aquel mismo momento de que hoy fue un mal día para empezar a no hacer caso a sus intuiciones. Dejó la taza de café con cuidado sobre la mesa, y pasó su mano rápidamente por delante de la cara de la señora Rottweiler. Realmente no se llamaba Rottweiler, pero ella aún seguía llamándola así. La buena mujer no parpadeó, como Lola ya imaginaba. Tocó su pecho con algo de miedo y nada. Nada de nada. Lo que pensaba, aquello pintaba muy mal.

Todo empezó aquella mañana en el pequeño parque que hay detrás de la iglesia de Santa Devota. Siempre le pareció divertido el nombre la iglesia, ella que nunca había creído en nada vivía ahora pegadita a Santa Devota. Pero bueno, aquella pequeña casa era todo lo que se podía permitir. Se levantó temprano, como siempre, y sacó a Lito, su pequeño perro guardián, a dar su paseo matutino. La bruma se extendía por todo el valle, clavando sus pequeños dedos helados hasta los huesos. Allí se cruzó con el chico del Rottweiler.


El chico no solía ir tan pronto a pasear su mascota, pero sí que había tenido la ocasión de hablar un par de veces con él. Ella lo habría pintado como más que introvertido, rozando lo raro. El chico se acercó tranquilamente, esparciendo su mirada por todo el parque, como ausente.

- Hola - comenzó el chico un poco forzado.
Ella respondió algo sorprendida pero curiosa con otro saludo.
- Hola ¿es un Rottweiler, verdad?
- Sí, tiene un humor un poco variable, pero no podemos pedirle que sea amable -
Lola levantó una ceja instintivamente, pero Lito enseguida empezó a arañarle la pierna.

- Perdona, me han dicho que eres abogada - preguntó algo cabizbajo.
- Eh sí, sí. Aunque casi sólo llevo compraventa de terrenos, ya sabes, en un pueblo...
- Sé que es algo violento… pedirte esto así, pero querría saber si podías ayudarme. Vivo con mi abuela, y últimamente le ha dado por pensar que se va morir pronto - hizo una pequeña parada, casi imperceptible, y a Lola se le revolvió algo en su interior. - No deja de decirme que quiere hacer testamento, y la verdad, ya estoy un poco cansado, por lo que he accedido. ¿Podrías ayudarme?

Lola dudo un segundo, el estrés de la ciudad la había traído hace tiempo, y siempre la habían tratado de maravilla. Todos eran un poco reservados, pero al final la habían aceptado “casi” como su igual. Giró sus ojos hacia la iglesia un momento y tomó la decisión.

- Está bien ¿dónde vivís?.
- Cerca de las escuelas, al final de la Calle Larga, última casa a la izquierda. ¿Sobre las doce? - La ansiedad se percibía como un manantial efervescente en su mirada, pero Lola aceptó.
- Perfecto, allí estaré.

Rozando el mediodía Lola bajó atravesando la plaza de la fuente de los peces, hacia la gasolinera. A medio camino giró a la izquierda a la altura de la panadería y fue a dar a la Calle Larga. El invierno era muy crudo es estas fechas, y aunque el abrigo le cubría el cuello, el aire era tan desagradable que Lola deseó estar junto al fuego, con una taza de té caliente humeando entre sus dedos.

La casa era vieja, no estaba descuidada, se veían algunos arreglos aquí y allá. Lo peor las ventanas y las tejas, que pretendían ser como ojos y cabello enfurruñados. Se acercó pisando sobre la hojarasca que aún quedaba en el suelo, y golpeó un par de veces la puerta. Al otro lado se oyó la voz del chico que la instaba a esperar.

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