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domingo, 24 de octubre de 2010

La vida en recuerdos

Pablo llegaba siempre a las crisis vitales antes que los demás. Él se veía como un pardillo, dice que siempre lo fue, que ahora lo maquilla un poco intentando ser feliz, pero que de joven era muy inocente. Leyó hace poco en un periódico de tirada nacional que todos recordamos nuestros errores en la lejanía, y de lo que más orgullosos nos sentimos sin embargo suele estar en un tiempo mucho más cercano. Será porque es más fácil enfrentarse a nuestros fracasos desde la distancia, será porque pensamos que somos mejores personas según pasa el tiempo. Quién sabe, a él le gustaría pensar que es lo suficientemente maduro ya para ver claramente dónde se está equivocando de pleno en el momento.

Hoy tocaba una de esas reuniones de viejos amigos en las que todos hacen capítulos de simples sucesos e historias de vagos recuerdos. Toda la comida se la pasó saltando de conversación en conversación, evitando los temas personales, intentando que nadie supiera de qué o de cómo de su vida. A media tarde, a la hora que mejor le sabía el té, Quique le preguntó a él directamente: “Bueno Pablo, y tú ¿cómo ves tu vida a estas alturas? Siempre pensé que llegarías lejos, ¡ese coco era mucho para mi tonta cabeza!” - y se quedo mirándole fijamente, esperando. Esperando. Después de unos segundos Pablo pensó que esta vez ya no había escapatoria.


Carlota, que estaba escuchando cerca, se acercó despacio y le sonrió. Pablo accedió a un par de esas carpetas de su mente que guarda para sus amigos más emocionales, nunca a la vista de viejos amigos de la adolescencia.

“A mí me gusta contar mi vida en recuerdos” - dijo por fin. “Os habéis fijado cómo se os pone la piel de gallina cuando de repente irrumpe en vuestra cabeza un recuerdo, uno que con tan sólo llegar os transporta a la misma situación, a las mismas sensaciones?” – Quique frunció el ceño, pero Carlota iluminó su rostro, y Pablo se vino a arriba.

“Un olor, un sabor, una mirada, un despertar abrupto en medio de un sueño embaucador” - volvió pararse, mitad intencionadamente, mitad perdido.
“Bueno, en mi caso son cuatro recuerdos de mi vida. El primero es mi primer amor, dependiente, hiriente, perfecto, ideal, juvenil. Creo que aún me descubro queriéndola, pensando por qué fui tan tonto de no aprovechar el tiempo” - Carlota estaba a punto de hablar cuando continuó.

“El segundo, despertarme en medio del campo de baloncesto después de haber chocado de frente con otro chico. Recuerdo las voces, las miradas, el agua en mi cara”. “El tercero, cuando nació mi hijo, un mar de luz, un vínculo creado en la nada”.

Cuando se dio cuenta tenía a cinco de sus amigos alrededor. Hizo un amago con la pierna, pero Carlota le tocó el brazo y preguntó: “¿y el cuarto?”.

“El cuarto es la ansiedad, que me persigue sin tregua y bloquea mi mente, la inseguridad de verme perdido, desconectado de todo y de todos, con 33 años en un trabajo que hastía, en un pueblo sin futuro para alguien como yo, es mirar por la ventana y sentir el frío”.

Quique bajó la cabeza escondiéndose entre los demás, incapaz de articular palabra, preguntándose por qué le habría preguntado a Pablo, cuando había tanta gente aquella tarde en la reunión.

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