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miércoles, 6 de octubre de 2010

Ensayo sobre el valor de las cosas o la teoría de la relatividad humana

Hoy me dejo caer en mi texto con esa sensación de tener casi antes el título que la historia. Según salgo del trabajo cruzo varios ecosistemas emocionales, los olores se intercalan en una secuencia conocida, y paso de la alegría al optimismo, de los nervios a la contemplación, por último el valle.

Somos unos ignorantes de la mente y de los sentimientos. Es curioso ver como cada uno percibe la vida de una manera diferente. Lo que tú sientes no me duele, al menos de la mima manera, porque mis ojos no son los tuyos, y mi alma es sólo mía. Es como si sólo hubiera unos pocos sumillieres en el mundo que fueran capaces de olfatear y seguir los aromas cambiantes de los sentimientos, actuando en consecuencia. Los demás somos puros ignorantes, con una nariz que no nos permite distinguir el valor de las relaciones, de la gente y de las acciones, como el que no es capaz de distinguir un buen vino de uno avinagrado.


Con un GPS emocional algo defectuoso, sin mapas que seguir, tan sólo trazos de las rutas que seguimos, sin guía alguna, como pasos de borrachos en la noche. Los heredamos de nuestros padres y se los inculcamos a nuestros hijos, como ciegos en un mundo de relaciones personales, donde todo es extraño, y la más mínima disputa nos provoca sobresaltos. No valoramos los sentimientos, no olfateamos el dolor en los demás, pero nos duele la piedrecita en el zapato. No hay agua ni en sus lágrimas, pero te molesta tan sólo que alguien se te cuele en el supermercado.
No hay esperanza en los demás, no hay salida. La puerta es de entrada, y cada uno tenemos una diferente. Qué difícil está siendo encontrarla.

Me acerco los rayos de sol que se cuelan por la ventana como si acercara el aroma de un buen té a mi nariz, sintiendo el calor del otoño en mi rostro, y la caída de las hojas con cada pensamiento.

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