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domingo, 24 de octubre de 2010

La vida en recuerdos

Pablo llegaba siempre a las crisis vitales antes que los demás. Él se veía como un pardillo, dice que siempre lo fue, que ahora lo maquilla un poco intentando ser feliz, pero que de joven era muy inocente. Leyó hace poco en un periódico de tirada nacional que todos recordamos nuestros errores en la lejanía, y de lo que más orgullosos nos sentimos sin embargo suele estar en un tiempo mucho más cercano. Será porque es más fácil enfrentarse a nuestros fracasos desde la distancia, será porque pensamos que somos mejores personas según pasa el tiempo. Quién sabe, a él le gustaría pensar que es lo suficientemente maduro ya para ver claramente dónde se está equivocando de pleno en el momento.

Hoy tocaba una de esas reuniones de viejos amigos en las que todos hacen capítulos de simples sucesos e historias de vagos recuerdos. Toda la comida se la pasó saltando de conversación en conversación, evitando los temas personales, intentando que nadie supiera de qué o de cómo de su vida. A media tarde, a la hora que mejor le sabía el té, Quique le preguntó a él directamente: “Bueno Pablo, y tú ¿cómo ves tu vida a estas alturas? Siempre pensé que llegarías lejos, ¡ese coco era mucho para mi tonta cabeza!” - y se quedo mirándole fijamente, esperando. Esperando. Después de unos segundos Pablo pensó que esta vez ya no había escapatoria.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Ensayo sobre el valor de las cosas o la teoría de la relatividad humana

Hoy me dejo caer en mi texto con esa sensación de tener casi antes el título que la historia. Según salgo del trabajo cruzo varios ecosistemas emocionales, los olores se intercalan en una secuencia conocida, y paso de la alegría al optimismo, de los nervios a la contemplación, por último el valle.

Somos unos ignorantes de la mente y de los sentimientos. Es curioso ver como cada uno percibe la vida de una manera diferente. Lo que tú sientes no me duele, al menos de la mima manera, porque mis ojos no son los tuyos, y mi alma es sólo mía. Es como si sólo hubiera unos pocos sumillieres en el mundo que fueran capaces de olfatear y seguir los aromas cambiantes de los sentimientos, actuando en consecuencia. Los demás somos puros ignorantes, con una nariz que no nos permite distinguir el valor de las relaciones, de la gente y de las acciones, como el que no es capaz de distinguir un buen vino de uno avinagrado.

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