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domingo, 26 de septiembre de 2010

No lo recuerdo

La ansiedad contenida parece inyectarme gotas de rabia bajo la piel. Aprieto las manos y estiro las piernas rítmicamente, buscando la postura que no encuentro. Mi cabeza se balancea de un lado a otro, y si pienso en ello, por momentos no soy más que un poco más pequeño que ayer.

Lo básico de mí sigue tirando sin más, arañando y arrastrándome centímetros, y yo sigo pensando que lo mejor de mi ser aún debe estar ahí. Juega y habla conmigo de cuentos y música. Se relaja mi estómago, se relaja mi mente y se afloja la cuerda, o tal vez se rompió, aún no lo sé. No queda muy lejos el sitio donde voy a descansar, un poco más lejos de lo que recordaba. Espero acordarme la próxima vez que vuelva a salir.

Mis trastos siguen allí. Me siento como cada día en el sofá, acomodo mi ánimo y me empiezo a sentir bien. Tan solo viendo el atardecer siento que es posible todo lo que no puedo ser, y me persigue desde algún lugar escondido el luto que tinta el corazón de negro, o tal vez lo soñé. No lo recuerdo muy bien. No lo recuerdo.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La mesa de Diter

La mesa de Diter está junto a la ventana que da a la entrada del edificio, justo encima de la puerta principal, en el primer piso.

En su mesa cabe todo lo que puede necesitar. Al llegar por la mañana recoge del armario de material algunas carpetillas nuevas para reponer, folios con membrete en el cajón de arriba. La impresora que comparte con su compañero de la mesa de enfrente le queda a su izquierda, para que no le dé el sol directamente.

Detrás suyo queda la taquilla y vigilante el perchero donde deja el abrigo en invierno. La papelera se traga el paraguas cuando llueve, ya que papeles no suele tirar. A dos metros la persona más cercana, aquel tipo rubio que se empeña a diario en revolver sus cosas, aunque por ahora lo ha podido mantener a raya.

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