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sábado, 15 de mayo de 2010

Un personaje de novela

Mi nombre es Jaime, y como podrán pensar es un nombre bastante común, tanto que no es un nombre que un autor elegiría para su personaje. Y aún se quedarían más perplejos si les dijera que mi mujer se llama Juana, lo que ya sería imposible para un escritor que tuviera el más mínimo cuidado de no importunar a sus lectores con sonidos poco agradables. Hasta hoy podría haber jurado que mi vida no le interesaba nadie, a ningún lector y menos aún a ningún experto en letras. Pero desde hoy no estoy tan seguro.

Le dí un beso a Juana al despedirnos, ella suele ir a trabajar en coche, yo prefiero ir en el autobús. Además a ella no le gusta mucho el trasporte público, por lo de los agobios y eso, y a mí realmente me da igual. Me gustaría poder leer un poco más, pero bueno, demasiada gente en hora punta. Dejo pasar a los chicos del instituto, el marido de la vendedora de flores, me subo y saludo al conductor. Hoy es nuevo.


Subo por la escaleras hasta el cuarto piso, es poco ejercicio, pero bueno, el ascensor es menos, y se detiene en todos los pisos a estas horas. Casi que me gusta más así. Paso la tarjeta dos veces, ahora sí abre. Lleva así un año.

- Jaimito, ¿cómo va tu Ferrari rojo? ¿Todavía tiene las pegatinas de la EMT o ya le has puesto las del Santander? - berreó su jefe.
- Buenos días, Alfredo - dijo Jaime en el mismo tono agradable que se esforzaba en tener todos los días.

Se sentó en su mesa, pegada al pasillo, zona de paso, algo molesto, pero como diría su mujer al menos muy social. Aún suenan las risas de los subalternos de su jefe cuando enchufa los cables del ordenador que habían sido desconectados por la señora de la limpieza, siempre según su jefe, claro. Se levantaron todos y se fueron hacia la sala de café. Jaime no esperaba ninguna invitación, nunca la necesitó. Introdujo su usuario y contraseña e inició sesión. Al levantarse para ir a por su café se fijó en que su jefe se había dejado su portátil sin bloquear. Sintió curiosidad y se acercó, mirando a un lado, al otro. Hoja de cálculo con una clave, CLAVE DE FIRMA en el título de la fila. Su navegador tenía una sesión abierta en el banco, para la revisión de cuentas del Lunes, no hay nada como ser un fanfarrón.

No sé aún por qué, hoy todo parece diferente. Coloco mis dedos sobre el teclado y comienzo a hacer operaciones, una tras otra. Cierro la hoja de cálculo, cierro la sesión del banco, y abro en su lugar el periódico que lee durante la mitad del día. Portátil bloqueado y a por un café. Hasta el Lunes que viene.

Viernes por la mañana, el chico del correo deja en la bandeja de mi jefe una carta de Médicos Sin Fronteras. - ¡De dónde coño habrán sacado mis datos estos hippies, a currar en urgencias le ponía yo tres días seguidos en lugar de irse de vacaciones! - grita para que todos le oigan. Los ojos se le quedaron paralizados, la cara se le iba tensando. Se echó la mano al brazo, al pecho y su boca se rió de la manera más graciosa que Jaime podía recordar.

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