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lunes, 5 de abril de 2010

Un día de Marzo

Saliendo a dar un paseo por los alrededores del pueblo realmente sentía ese descanso de no sentir vergüenza, de no mirar hacia los lados. El camino estaba reconstruido de hace poco tiempo, la arena no se había desmigado aún, ni siquiera con las lluvias de este duro invierno. La colonia de cigüeñas se oye desde la orilla del lago, algún pato que otro mete la cabeza en el agua como si fuera verano pero la temperatura no deja mucho margen para respirar con tranquilidad.

El sonido del pinar siempre le había dado tranquilidad, es como si nada existiera salvo la naturaleza alrededor, algún corzo se asusta a lo lejos, las ardillas saltando de rama en rama y el viento soplando a rachas fuertes entre los pinos.

Todo tiene ese sentimiento de nobleza, de mirada humilde pero orgullosa. Aromas de cariño, de cercanía. Aromas rojos por tramos, a madera, a hojas. Verdes de frescor y gotas de mañana. Los rayos de luz haciéndose paso entre el frío, saltándose los últimos empellones del helor de la noche pasada.

Siempre giraba a la derecha, más abajo a la izquierda y de vuelta al pueblo, al polvo agolpado en las fosas nasales, el cereal, la arena, el aire limpio haciéndose de rogar mientras intentaba relajarse. Los caballos y los mulos regalando recio sudor y sufrimiento, las mujeres sacudiendo la ropa de casa o limpiando las cuadras, los hombres arrastrando el trabajo por las calles estrechas, y esa falta de una mirada interesada, un beso. Ya no me acuerdo de las hojas ni del viento, tan solo siento que reviento sin nada que me desahogue en este día de Marzo.

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