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sábado, 6 de marzo de 2010

Federico

Federico llevaba una vida sencilla. Hoy se despertó angustiado. Iba conduciendo en su antiguo mercedes. Le encantaba aquel coche, 10 años tardó en ahorrar el dinero redactando escritos en la notaría para poder comprárselo. Conducía tranquilo, iba de casa al trabajo, como siempre. Pero hoy era diferente, algo no le hacía sentir bien, todo parecía distinto. Si no se fijaba bien se perdía, le costaba horrores volver su camino. Hoy parecía no llegar nunca al trabajo. Aquello le estaba poniendo muy nervioso, y alguna gota de sudor le empezaba a caer en los ojos.

El despertador sonó a las 8:00 en punto, como cada día. Escuchó las noticias intentando calmarse. Cogió la ropa que tenía preparada en el galán. Se miró al espejo arreglándose el cuello de la camisa. Sacó la espuma y la cuchilla, y cuidadosamente de afeitó la barba, estirando las arrugas para que no le quedara ningún pelo perdido. Cogió el peine y marcó la raya a la derecha, como le gustaba a Carmen.

"Me encanta esa camisa" - dijo al pasar la chica. Federico no se había percatado de que la chica ya había llegado y estaba recogiéndolo todo. Le gustaba aquella chica, era ordenada, sincera y conocía todos sus gustos sobre libros, lo que era una gran ventaja a la hora de conversar.

Al salir de casa giró a la derecha, bajó las escaleras y se dirigió hacia la parada del autobús. Se colocó al final de lo que parecía la cola. Nunca se sintió muy a gusto en la paradas de autobús, era un poco difícil saber quién iba delante de quién, quién para qué autobús y siempre había algún jovenzuelo que revoloteaba de una lado para otro y al final le daba la impresión de que se colaba.

Se sentó hacia el final, así no entorpecía a la gente que entraba, y además podía observar mejor lo que pasaba a su alrededor. El chico de la mochila andaba siempre con la cabeza baja, como pidiendo perdón. Dejaba un poco de distancia con todas las demás personas que iban de pies en el centro. De su jersey colgaban los cables de unos auriculares, aunque no parecía muy interesado en ponérselo. La señora de las bolsas le sonaba, iba cargada desde el centro comercial hasta tres paradas más abajo. Parecía costarle trabajo caminar, como si le doliera la espalda, no, el cuello.

Vio el parque y se bajó. Saludó a un par de niños pequeños que correteaban haciendo que sus padres se volvieran locos intentado no perderlos. De repente oyó un teléfono sonar y se percató de que era el suyo, aún no se había acostumbrado a esas cosas.

"¡Papá! ¡Por fin! ¿Dónde estás? ¡Dios mío! Llevo 1 hora llamándote, me tienes histérica, no te encontraba por ninguna parte".

Su hija Carmen, él se empeñó en que se llamara como su madre, llegó 10 minutos después a recogerle con la cara descompuesta. Era la segunda vez esa semana que Federico se iba de casa sin decir nada y sin rumbo fijo. La anterior vez la llamaron desde el centro comercial porque se lo encontraron ausente a la hora de cerrar la librería. Hoy se había levantado pronto, llegaría tarde a trabajar, pero  ya prefería pasarse por casa de su padre primero, recoger la casa un poco y dejarle desayunando mientras llegaba la camioneta del centro de día. Hoy tendría que discutir con su padre, había decidido llevárselo a vivir con ella. También tendría que discutir con Javier, pero ya estaba tan perdida que casi le daba igual. Hoy no iba a ser un buen día.

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