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sábado, 27 de marzo de 2010

Camino de la playa

Giro a la derecha al salir del portal. La brisa me da la bienvenida en el rostro al bajar por la calle hacia la playa. La gente sentada en las terrazas de los bares y cafeterías empieza a desperezarse, café con leche, churros, porras o unas tostas con tomate. Algunos niños empiezan a verse corriendo entre las mesas, mientras dejo que los primeros rayos cálidos del sol me arranquen una sonrisa. Hoy se prevé un día caluroso, aunque aún parece liviano y ligero.

El quiosco está ordenado desde primera hora mostrando a la derecha el sector extranjero, medio vacío a estas horas ya, y a la izquierda el nacional, prácticamente inmaculado. Cojo el periódico deportivo, plagado de inciertos rumores veraniegos, y el periódico general, para los rumores oficiales estivales.

La calle se acentúa en su caída hacia el paseo marítimo, dando acceso a mi vista preferida en estos días, el mar. La abundancia de su azul es revitalizante, la brisa se empeña en llamar la atención, y el brillo del agua y la arena hacen daño ingenuamente. El pelo se me eriza ligeramente al tocar con lo pies la arena, que ya piensa en el abrasador calor que soportara en unas horas.

Me siento al borde de las casas de los pescadores, apoyado contra el murete blanco. No hay nada más, cierro los ojos y detengo la vida.

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