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viernes, 8 de enero de 2010

Sara y Arturo

- ¿Qué tal está tu madre?
Preguntó Arturo.
- Mejor. Ya nos hemos hecho a la idea de que cada mes tendrá uno o dos bajones como este.
Los ojos de Sara bajaron ligeramente. Hoy no lucían como normalmente, de hecho cada día se apagaban un poco más.

- Ayer encontré la carta que me diste hace años.
- ¿Cuál de ellas?
Esta vez sonrió ligeramente. Sara y Arturo son amigos desde hace muchos años.

- Aquella en la que me decías que me querías, ¿te acuerdas?
- Sí la verdad es que no sé cómo me atreví a escribir así.

- Yo lo que no sé es cómo pude ser tan infantil. Ahora me imagino como te debiste sentir. Creo que no sabía afrontar mis sentimientos de otra manera que no fuera huyendo a otra parte o haciendo un chiste.
- Me alegro de que por lo menos no hicieras chistes.
La sonrisa de Sara siempre hacía sentir bien a Arturo, aunque esta vez era un poco embarazoso.

- Me gustaría tener dieciséis años otra vez y mirarte a los ojos mientras me dices que me quieres. Te habría acariciado la mano, te habría besado los ojos y nunca te habría dejado ir.
- Ahora soy yo la que creo que voy a escapar.
Sara torció ligeramente el gesto, demasiado dolor estos años en la familia como para dejar un hueco a sus propios sentimientos. Hace tiempo que perdió las ganas de sentir algo para ella misma.

Se fundieron en un abrazo delicado, de esos que ahora solo le salen. Unas pequeñas lágrimas parecieron escapar de sus ojos pero las secó rápidamente. Arturo nunca quería soltarla cuando la abrazaba.

- Bueno Arturo, me tengo que ir. Dale un beso a tus padres de mi parte, ¿vuelves a Nueva York mañana entonces?
- Sí, ya sabes que cuando quieras puedes venir a verme. Mi apartamento es bastante amplio.
Sara lo miró con ternura, reconociendo de nuevo lo que ya no pasaría nunca.

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